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Los brutos de Julio César

Mucho se ha escrito sobre los últimos días de la vida del gran coloso romano, Julio César.

Sus hazañas se hicieron leyendas en todo el mundo, y su popularidad y fortaleza lo convirtieron en el dictador vitalicio del imperio.

Pero como todo aquel que alcanza esa estatura publica, lo que El César hiciera o no hiciera, nunca dejaba de ser cuestionado por los que se le oponían, o los que simplemente no estaban contentos con su persona.

De esa disconformidad nace a menudo la conspiración; la que con frecuencia es iniciada por amigos, tanto como por enemigos y descontentos. Muchas veces, por personas tan cercanas o íntimas, como los propios familiares.

En la conspiración y asesinato de Julio César, participaron, entre otros, dos figuras con la que la historia aún no se pone de acuerdo en el protagonismo primario que el acontecimiento le asignó a cada uno de ellos. Me refiero a Décimo Junio Bruto Albino y a Marco Junio Bruto.

Quizás nunca hubiese sido relevante el diferenciar estos dos personajes de la historia romana; pero el propio César, segundos antes de morir, los hizo leyenda al pronunciar durante aquel momento, tan dramático como aterrador, una frase lapidaria y profundamente sentida: “También tú, Bruto”.

¿Pero a cuál de los dos brutos se refería Cesar cuando pronunció sus últimas palabras?

Tradicionalmente la historia le ha atribuido ese protagonismo inesperado a la figura de Marco Junio Bruto, también llamado Quinto Servilio Cepión Bruto, por su adopción testamentaria por parte de un pariente de nombre Quinto Servilio Cepión.

¿Pero por qué ese favoritismo histórico hacia este bruto, cuando habían dos Brutos presentes?

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Una de las teorías proviene del hecho de que su madre Servilia fue amante de Julio César por muchos años y se llegó a pensar que podía ser incluso su hijo. Pero para la época en que nació Marco Bruto (85 a.c.), Julio César tenía apenas 14 años, lo cual hace poco probable esa paternidad.

Además, está el hecho de que esta relación sentimental con Servilia se reporta entre los años 60’s y 50’s, cuando ya Marco Bruto era un joven adulto.

Otra razón para otorgarle ese protagonismo fue el hecho de que mucho de lo que sabemos de esa época se debe a los escritos de Cicerón, quien era un gran amigo de este Bruto.

Igualmente, Plutarco había escrito una elogiosa biografía de Marco Junio Bruto.

Sin embargo, Marco Junio Bruto había sido contrario a Julio César; había peleado contra él en la Batalla de Farsalia.

Pero también, era sobrino de Caton, el gran enemigo de César. Y después de su divorcio de Claudia Pulcra, bruto se casó con Porcia, la hija de su tío Catón.

Más aun, fue el encargado del obituario de su tío y suegro, pidiendo a cicerón que le escribiera la biografía de Catón, cuyos elogios en la misma, es sabido, que no fueron del agrado de Julio César.

No cuestionamos que quizás el tirano le haya tenido cierto cariño y consideración a Marco Bruto; pero Julio Cesar era una persona muy astuta y experta. Creía en la lealtad de sus soldados y de pocos allegados a su círculo íntimo, al cual Marco Bruto no pertenecía. Por tanto, su traición no pudo haber sido de gran sorpresa para el César.

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Ahora bien, debemos preguntarnos: ¿quién era el otro bruto, Decimo Junio Bruto Albino?

Se dice de este que fue un estrecho colaborador y seguidor de Julio César: que César le tenía cariño como a un hijo, que había luchado junto a él durante las guerras de la Galia, que había sido su comandante de confianza en muchas batallas importantes, y que lo sustituyó incluso como gobernador en la Galia en el 46 a.c.

Más aun, y como hecho claro de su cariño, décimo bruto aparecía nombrado en el testamento de César como heredero subsidiario; es decir, como la persona que heredaría si un primer heredero no quería o no podía aceptar su herencia.

Ese mismo bruto fue quien se apareció a la casa de Julio César aquella mañana en que este se sentía algo indispuesto para acudir al senado, y lo persuadió para que no faltase a esa cita, resolviéndole así el inesperado impase que se le presentó a los conspiradores.

Julio César, como nos cuenta Suetonio, recibió 23 heridas, según la autopsia realizada por Antistio su médico. Y de todas esas heridas solo una, infligida a su pecho, fue mortal.

Quién negaría que Julio César, al encontrarse en aquel momento, frente a los ojos de aquel ser tan querido, “tu, bruto”, haya renunciado a toda resistencia, entregándose así a la muerte.

Quizás, aquella puñalada en el pecho no solo le había perforado el corazón, sino que además había destruido su alma.

Por Ricardo Espaillat
Médico-neuropsiquiatra

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