viernes, septiembre 30, 2022
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Gracias a la pandemia

Melvin Mañón

Millones de padres han descubierto a sus hijos en medio de la reclusión obligatoria que dio la oportunidad para verlos y compartir. Algunos padres ya vieron que esos hijos suyos son pequeños monstruos egoístas, inútiles o ambas cosas a la vez y en cierto modo desconocidos para ellos aunque con frecuencia solamente reproducen el ejemplo de los propios padres. Otros, mas afortunados, han descubierto en sus hijos inefables encantos, desconocidas bellezas, experiencias inéditas en sus vidas. Tras todo esto vendrá, a no dudarlo, un reevaluarlo todo, los hijos, las esposas, el matrimonio y para qué hago o dejo de hacer todas estas cosas.

Entre parejas no ha sido menos ni mas extraordinaria la experiencia. Amores redescubiertos. Lealtades renovadas. Solidaridad y confianza; afectos en medio de la tristeza y el miedo. Pero la pandemia también ha mostrado otra cara. Hombres que han descubierto que sus mujeres son insoportables y que solamente a medio tiempo podían sobrellevar la vida con ellas. Mujeres que recién, en este compartir a tiempo completo, llegan a ver claro el desamor o el desprecio que sienten o han sentido por el hombre con el que conviven. Ambos ya se preguntan para qué sirve todo esto? Cual es el sentido de la vida? Empiezan a filosofar sin saber que lo están haciendo.

Cada cual por su lado. Si es una familia pobre, nadie sabe nunca dónde están los hijos que se suponen mataperreando en algún callejón; el marido vaya usted a saber donde y la mujer en cualquier lugar del mundo enganchada a una pantalla de celular, ajena a su entorno aunque esclava de su cotidaneidad. Ambos rodeados de imágenes eróticas, de ese mundo rápido y voluptuoso con el que la publicidad y el mercadeo hacen billones mientras los fabricantes hacen millones y los consumidores se enyugan. Muchos y cada cual fraguando la próxima deslealtad.

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¿Todo bajo control?

Cuando hablan entre si las familias? O mejor preguntamos. Recuerda alguien cuando dejaron de hacerlo? Cada quien tiene un menú aunque sean pobres. Cada cual come a una hora diferente. Cada cual vive su propia agenda. La intolerancia reina. La madre no recibe ayuda ni el padre tampoco y con frecuencia ninguno la reclama; solamente la sufren y esos hijos asumen plenamente su papel de consumidores y beneficiarios; ajenos por completo a las obligaciones, entre ellas y notoriamente, la de obedecer, portarse bien y ayudar.

Esta pandemia no termina sin haber subvertido por completo el estilo de vida actual. El afán por la última moda, la competencia por tener y por lucir, las mentiras sociales, las bodas ridículamente lujosas, los eventos innecesariamente delumbrantes. Las vacaciones caras y pasándolo mal retratando una realidad que ni siquiera apreciaron porque no se trataba de apreciar nada sino de mostrar dónde habían ido como los pobres que retratan la mesa con lo que van a comer mostrando manjares que no disfrutan tanto como se goza exhibirlos. Ropa, vestuario, muebles, autos, casas, lujos, afanes, todo ese mundo cuya persecución impenitente destrozó la familia ahora muere y en su sepelio, la familia tendrá una nueva posibilidad de existir.

La familia o lo que queda de ella.podría terminar siendo la gran beneficiaria de la pandemia.

Por Melvin Mañón

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