sábado, julio 2, 2022
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La nueva “Rebelión Conservadora»

En los albores del decenio de los años ochenta, pese al oxímoron y a la grupa del encumbramiento del modelo económico denominado “neoliberal” que empezó a pergeñarse con la pérdida de fascinación de las ideas socialistas y la posterior debacle del llamado “mundo comunista”, se habló insistente y vehementemente de que estaba en marcha una “revolución conservadora”.

(El oxímoron tenía mucho que ver con una paradoja que era propia de los tiempos: la contestación interna terminal contra los regímenes totalitarios de Europa del Este y el pensamiento estatista y burocrático que los sustentaba no estuvo encabezada por políticos o ideólogos liberales o libertarios, sino por jóvenes individualistas sedientos de libertad y antiguos defensores del status que -tras haber adoptado posturas democratizantes-fueron clamorosamente secundados por una parte de la intelectualidad crítica y los gobiernos del orbe).

La punta de lanza de ese fenómeno intelectual, político y económico estuvo en el redescubrimiento y la reivindicación de la racionalidad liberal del siglo XX (von Mises, Hayek, Friedman, etcétera) por parte de los “yuppies”, aquellos jóvenes ambiciosos y egocéntricos de gran inteligencia y sólida formación académica que, asentados en las grandes urbes y copando los asientos de los más prestigiosos “think tank” de la época, habían alcanzado altos niveles de vida por conducto de su vinculación con las finanzas corporativas y el comercio mundial.

Los “yuppies” irrumpirían en la vida política con un talante conceptuoso y beligerante, y desempeñarían los roles públicos de más abierta principalía durante las administraciones de Reagan (Estados Unidos) y Thatcher (Reino Unido), promoviendo exitosamente la reivindicación de los valores ancestrales del conservadurismo, el giro hacia la derecha de la socialdemocracia y la abominación del denominado “populismo”, para dar paso al fundamentalismo financiero y al absolutismo del mercado como alegadas panaceas frente a la insostenibilidad económica de aquellos.

Como habrá de recordarse, aquella “revolución conservadora” de la época poscomunista implicó, entre otras cosas, una refutación vehemente del pensamiento estatista o socialista, una crítica impiadosa de los modelos económicos intervencionistas o solidarios y un proyecto de desmonte de éstos con base en la reivindicación incondicional y tajante del libre mercado y la iniciativa individual como “motores” y garantes del desarrollo económico, la prosperidad social, el pluralismo político-ideológico y las libertades públicas.

Aunque resulte curioso porque políticamente unos se remiten a los otros, la verdad es que los defensores y promotores de aquella “revolución conservadora” tenían poco en común con sus pares de la actualidad, puesto que mientras ellos eran partidarios de la protección de los derechos individuales -incluyendo los de las minorías y algunos de nueva generación-, éstos últimos se han empinado en la palestra pública como objetores y detractores de tales prerrogativas que hasta hace poco se consideraban irreversibles en tanto expresión de la pluralización y la democratización del rol del Estado y de la dinámica de la sociedad.

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Ciertamente, en muchos sentidos el “nuevo conservadurismo» es, como el socialismo de los años de posguerra, un raro revoltillo de ideas, instituciones y prácticas que es muy difícil de tipificar y encuadrar de manera racional: se identifican ahora como conservadores desde Donald Trump hasta Vladimir Putin (sin dejar de mencionar al ateo Duterte y al muy religioso e inefable Bolsonaro), organizaciones como el Partido Popular de España (defensor del pluralismo y los derechos de las minorías) y el Movimiento por una Hungría Mejor (neonazi, antisemita y enemigo de las minorías), o las acciones nacionalistas de los partidarios de “Servidor del Pueblo” y Zelenski en Ucrania, y el laborantismo anexionista del Partido Nuevo Progresista de Puerto Rico.

(Los casos de Trump y Putin son de antología: el estadounidense es un “tíguere gallo” del sector inmobiliario y los juegos de azar que se ha burlado hasta del temible sistema impositivo del tío Sam contratando un batallón de contadores y abogados expertos en retorcer los guarismos y las leyes, y que ahora es el líder de los conservadores en su país y en gran parte del mundo; y el segundo es un avispado exfuncionario de la inteligencia soviética que, pese a haber instalado en Rusia un régimen capitalista-oligárquico y autoritario sobre los escombros y las cenizas de la URSS, extrañamente cuenta con las simpatías de los “comunistas” chinos, gente de todos los continentes que se denomina socialista o progresista, y hasta de una parte de los radicales musulmanes de orientación chiita).

Parecería, efectivamente, que estamos ante una nueva “rebelión conservadora”, es decir, ante un fenómeno de enseñoramiento intelectual y exhibición de músculos sociales y políticos que, teniendo como coartada el desprestigio relativo de la socialdemocracia, el fracaso del llamado “socialismo del siglo XXI” (la primera tan cerca del neoliberalismo que casi se quema las alas como Ícaro, y el segundo carcomido por la corrupción y desacreditado por la ineficiencia) y el radicalismo casi excluyente de algunas estancias progresistas en el ejercicio de libertades y derechos de última generación (tendencias foucaultianas), pretende retrotraer al mundo y la humanidad a tiempos superados: los del oscurantismo, la negación de la ciencia y la “caza de brujas”.

Y esa afirmación no es exagerada. En realidad, no es coincidencia que la nueva “rebelión conservadora” tenga como líderes a individuos jóvenes o de mediana edad formados en el pensamiento religioso occidental menos abierto al cambio y en las entidades educativas patrocinadas por los órganos de inteligencia de los Estados Unidos y Europa, y que su base de sustentación social se desgrane en una inefable coalición de fanáticos de las iglesias, militantes políticos sin principios, figuras menudas del conservadurismo, conspiracionistas retardatarios e ignorantes de toda laya, todos cubiertos bajo la amplia y multicolor sombrilla de los partidos o entidades “atrapalotodo”.

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Ya no estamos, pues, frente a la rancia senectud que se aferraba a la racionalidad del pasado o al “esplendor” del viejo mundo, a los purpurados y pastores acomodados en sus poltronas y sus púlpitos que simbolizaban en la tierra la sabiduría y el poder divino, o a los políticos nostálgicos del ayer tiránico o semidictatorial que recelaban de la creciente y acumulativa práctica de la democracia, sino a jóvenes y adultos no mayores que sospechan de todo lo nuevo en el ideario social, cuestionan algunas libertades, se sienten cómodos con los gobiernos “fuertes” o autoritarios, y proclaman que ciertos derechos ciudadanos de última generación, o casi todas las prerrogativas arrancadas por las minorías al Estado, son parte de una conjura universal de éstas para imponer sus ideas, preferencias y estilos de vida al resto de la sociedad.

(Por cierto, y en esa misma dirección, en la parte final del siglo XX y en los inicios del XXI hemos sido testigos de algo inédito en la historia humana: las estadísticas revelan que los más nutridos apoyos a las ideas conservadoras, individualistas, nihilistas y hedonistas -por oposición a las de transformación, de compromiso colectivo, de abnegación estoica o de solidaridad- se encuentran en las nuevas generaciones, y que los líderes adultos o de la tercera edad increíblemente lucen más abiertos a las apuestas de austeridad, a las reivindicaciones sociales y a los cambios de orientación colectivista o hacia el bien común).

Todo lo que se ha dicho precedentemente tiene, no obstante, una clara condicionante histórica: por fortuna, las “rebeliones” de esta guisa devienen siempre coyunturales debido a que no son proactivas sino reactivas de cara al cambio y la transformación, y aunque pueden alcanzar resonancias importantes y asumir inclusive hasta personería política, su propia naturaleza radical y de contracorriente del devenir termina facilitando su disolución en los sutiles pero muy efectivos mecanismos de filtración (o cribado) de la sociedad y del Estado.

En otras palabras: como ha ocurrido tantas veces en el mundo y pese al ruido que hacen y a la apariencia de verdad todopoderosa que exhiben sus predicas de odio y conspiración, los nuevos pretendidos mesías y sus profecías maximalistas (sin importar la época o su signo cultural o ideológico) siempre tienen el mismo destino: los “15 minutos de fama” de los que hablaba Andy Warhol y, finalmente, el anonimato y el olvido.

Por Luis Decamps

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