martes, julio 5, 2022
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Duarte y Santana: ¿Una antinomia del ayer?

El movimiento liberacionista que se desarrolló en la parte Este de la isla de Santo Domingo entre 1838 y 1844, como se sabe (y a diferencia de lo ocurrido en otras latitudes del continente con fenómenos de su tipo), nunca tuvo uniformidad en lo concerniente a la estructuración política de la nación tras el cese de la dominación y la ocupación haitianas, y mucho menos con respecto a la suprema cuestión de su destino histórico.

(En algún sentido, esa falta de uniformidad tenía raíces cercanas y visibles en las discrepancias que se desarrollaron entre el brigadier españolista Juan Sánchez Ramírez y el comandante autonomista Ciriaco Ramírez en el marco de la lucha contra la ocupación francesa entre 1795 y 1908, y se había perfilado con una serie de conspiraciones fallidas, entre las que sobresalieron la “rebelión de los italianos” de 1810, el golpe independentista de 1821 y la “revolución de Los Alcarrizos” de 1824… Pero, claro está, esta parte de la historia es harina de otro costal).

Como si dijéramos: aunque la parte más influyente y activa del movimiento antiocupacionista de la segunda década del siglo XIX nació orgánicamente como independentista bajo el aliento político e intelectual sobre todo de Juan Pablo Duarte, ya cuando menos desde 1840 era clara en su seno la distinción entre los partidarios de la independencia total (postulantes de la creación de un Estado libre y soberano) y los partidarios de la simple separación de Haití (cuya aspiración era el establecimiento de un régimen autónomo neocolonial o con protectorado europeo o estadounidense).

Los independentistas -se recuerda- estaban nucleados sustancialmente en la organización que Duarte había creado con el nombre de La Trinitaria en 1838, pero que bajo otros apelativos (La Filantrópica o La Dramática) se había desarrollado principalmente en la ciudad de Santo Domingo y en dos o tres muy incipientes centros urbanos del resto de la media isla. En general, eran jóvenes idealistas con alguna base cultural y limitados recursos económicos, en cierto momento llamados peyorativamente por sus adversarios “filorios” (el vocablo aludía a una flor usada por las partidarias de Duarte, pero significaba soñadores, romanticones o señoritos).

Los separatistas, por su lado, constituían una amalgama de ideas e intereses, y en sus interioridades había españolistas, afrancesados, proingleses y proestadounidenses dispersos en la geografía isleña (con presencia silenciosa pero muy influyente en la ciudad intramuros), que coincidían entre ellos y con los independentistas en una sola cosa: acabar con la ocupación y liberarse de las cadenas políticas que unían la parte Este a la República de Haití. En términos generales, eran adultos con formación burocrática, militar o artesanal y sustento económico, casi siempre tratados generosamente como “gente de experiencia”, “responsables” o “principales”.

En realidad, y esquematizando un poco, la dirigencia del movimiento liberacionista dominicano de aquella época era, para decirlo de algún modo, casi mitad independentista y mitad separatista desde el punto de vista cualitativo, y por ello el manifiesto del 16 de enero de 1843 (“Manifestación de los pueblos de la Parte Este de la Isla antes Española o de Santo Domingo, sobre las causas de su separación de la República Haitiana”), primer documento de trascendencia que hizo público, refleja un compromiso transaccional entre los grupos que lo integraban: fue redactado de tal manera (en lo fundamental por Tomás Bobadilla) que el ideal prevaleciente parece el de la separación (aunque en un par de ocasiones habla de formar un “Estado libre y soberano”) y no el de la independencia, pues aquel era el punto en el que todos coincidían.

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En ese marco histórico, las ideas y la praxis sociopolítica de Duarte y sus seguidores, que conformaron una corriente cuya base axiológica (paradigmas y valores) se extendería en el tiempo hasta nuestros días, tenían un fuerte contenido romántico (asimilado el concepto con las connotaciones políticas revolucionarias del siglo XIX), y conducían al nacionalismo puro, humanista, intransigente e integral, aquel que va dirigido contra “toda potencia extranjera” e implica entrega plena (hasta el sacrificio personal, inclusive) al patriotismo y el bien común.

En cambio, las ideas y la praxis sociopolítica de Santana y sus seguidores, que encarnarían la corriente que llegaría hasta la actualidad, exhibían un contenido conservador, cerril, militarista y pragmático fundamentado en intereses de carácter económico (grupales o individuales), y conducían al nacionalismo unilateral, racista y acomodaticio, aquel que no va dirigido contra toda “potencia extranjera” sino contra el “enemigo haitiano”, y que asume la patria como cuartel de su “modo” de vida y no como pasión por la defensa de la heredad y la libertad.

La particularidad de que nuestros primeros liberacionistas estaban divididos como se ha reseñado estaría presente en los eventos posteriores a la proclama del 27 de febrero de 1844 y, después, como ya se sugirió, a lo largo de toda la historia dominicana, trazando líneas paralelas de pensamiento y conducta políticos que conformarían tendencias definidas e identificables (incluyendo, como también ya se ha dicho y se describirá en lo adelante, al escenario de nuestros días) desde la mira de su concepción sobre la naturaleza, el carácter y el destino histórico de la nación y el Estado.

Así, desde la formación del primer órgano propio de gobierno de la parte Este se hizo evidente una confrontación abierta entre el “partido” duartista y el “partido” de Bobadilla y Santana (solicitud de protección al cónsul de Francia el 9 de marzo por parte de Bobadilla, tensiones y querellas internas en la junta de gobierno entre marzo y junio, golpe de Estado liberal del 9 de junio para impedir el protectorado, contragolpe conservador del 12 de julio apoyado por el mismo cónsul francés, y persecución, apresamiento o exilio de los opositores a Santana, entre ellos Duarte, que sería declarado “traidor a la patria” y saldría al ostracismo el 10 de septiembre), la que, como es harto sabido, se saldó a favor de los últimos, dando origen al santanismo como vigorosa corriente de opinión y praxis sobre la anatomía y el futuro de la nación.

La Primera República (noviembre de 1844-julio de 1861) fue escenario propicio para una consolidación en el poder de la fracción conservadora (por oposición a la de los “jóvenes inexpertos”, desarticulada por la represión, el desencanto y la “realpolitik”), que incluso logró cooptar a varios antiguos líderes liberales, y para un choque intestino sordo al interior de ésta entre españolistas, afrancesados y proestadounidenses que concluyó favorablemente para los primeros con la anexión a España, una verdadera traición a la patria (imputable primordialmente a Santana y sus adláteres) que provocaría el agrietamiento de tal sector y sería la tumba política de sus líderes más antiguos.

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Un año de gobierno del PRM y Luis Abinader

La Segunda República (agosto de 1865-noviembre de 1916) inicialmente estuvo conducida por los liberales o sus aliados (Salcedo, Rojas, Luperón, Moya, Billini, Espaillat, Jiménes Pereyra) y, entre importantes intervalos conservadores (Cabral, De Regla Mota, Báez, Guillermo, Victoria), luego por neoconservadores que originalmente habían hecho carrera política o militar bajo la fe del liberalismo (Meriño, Heureaux, Woss, Nouel, Cáceres, Morales), para finalmente sucumbir con la intervención y el establecimiento formal de la dictadura militar estadounidense (noviembre de 1916), únicamente apoyada en el país, precisamente, por los políticos e intelectuales admiradores de Santana y los autoproclamados amantes del “orden, la paz y la civilización” (algunos, por cierto, troncos conocidos de familias que hoy brillan por su poder económico o su prestigio social).

La Tercera República (julio de 1924-abril de 1965), pese a que nació tras una intervención extranjera y en medio de agitados fervores patrióticos, significó en principio una ruptura en la antinomia liberalismo-conservadurismo, dando lugar a una simbiosis que primero generó al gobierno de Vásquez (caudillismo demagógico, amoral y neoconservador), después a la dictadura de Trujillo (el régimen de mayor concentración de poder que ha conocido nuestra historia) y, finalmente, al frágil estado de transición que capitanearon Balaguer, Rodríguez Echavarría y Bonnelly. Inmediatamente después, el gobierno liberal de Bosch intentó, infructuosamente, recuperar las líneas históricas de la citada antinomia desde su perspectiva.

La Cuarta República (polémica denominación del período que comenzó en septiembre de 1965 y llega hasta nuestros días) ha sido la expresión más acabada de lo que Bosch denominó “arritmia histórica” (Balaguer, Guzmán, Jorge Blanco, Balaguer, Fernández, Mejía, Fernández, Medina, Abinader), y debido a que abarcó una parte de la era internacional conocida como la Guerra Fría y su aparatoso final (descrédito del pensamiento socializante, quiebra de los modelos estatistas, triunfo del individualismo sobre el bien común y prevalencia del “presente vital” sobre el providencialismo humanístico-histórico), situó en crisis de identidad a las ancestrales líneas paralelas entre duartistas y santanistas en términos de ideas y de interpretación del devenir, dando lugar a un abigarramiento político-conceptual patente hasta en ciertos remanentes nostálgicos del viejo militantismo revolucionario.

Naturalmente, nada de lo dicho en las glosas que preceden invalida el fondo del asunto, porque aparte de que cada quien es libre de asumir como suya cualquiera de las vertientes históricas troncales del nacionalismo dominicano (liberalismo-humanismo-civilismo-bien común versus conservadurismo-pragmatismo-militarismo-individualismo), el meollo no ha dejado aún de ser el mismo (claro, si se reflexiona con honestidad y se desechan apelaciones a las “circunstancias”, las simulaciones de militancia y los eufemismos ideológicos): quien asume la primera es duartista, y quien asume la segunda es santanista… Y punto.

Por Luis Decamps

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