martes, febrero 7, 2023

La Vieja

Pese a la contradicción implícita por la corta edad que tenía, “La Vieja Aurora” fue el apodo que le impusieron desde aquel día en que llegó a la hacienda de quienes, durante un larguísimo período, serían sus patronos. El origen del sobrenombre pudo ubicarse en que a todos, la todavía joven, les parecía veterana en función de las geniales propuestas que sugería ante cualquier percance que requiriera solución inmediata.

Al poco tiempo, la familia confirmó que había adquirido un activo que implicaría para sus integrantes una invaluable ayuda en la formación de su prole recién creada. La mujer era multifacética y todas sus habilidades las ejercía con pericia impactante. Nadie lavaba y planchaba mejor. Su comida tenía un sabor que atrapaba, la casa y el área que la circundaba, lucían como tacita de oro. El único elemento que desentonaba, era el olor producido por el cigarro manual que, en base a tabaco y hoja del árbol de naranjas atravesada por una espina de la propia mata, preparaba y fumaba con un éxtasis indescriptible.

Poco a poco, fue convirtiéndose en una pieza imprescindible en la cotidianidad de aquel entorno social que, pese a sus características rurales, era evidente que ese no era su destino y que, más temprano que tarde, su horizonte se extendería. Así fue. Se mudaron a la ciudad y el rol de “La Vieja” se hizo cada vez más estelar. Los hijos, jóvenes ya, la consideraban como una segunda mamá porque hasta rascaba sus cabezas antes de irse a acostar.

Sus salidas de la casa se hicieron cada vez más frecuentes. Cuando le preguntaban el motivo de las mismas, su respuesta era invariable: “Voy a comprar el tabaco para mis cigarros”. Por cierto, cada vez resultaba más notorio el deleite en que se sumía cuando sus pómulos se hundían al succionar la verde hoja de la fuente de su infinito placer. A las escapadas de la vivienda se fueron agregando misteriosas conversaciones por el teléfono recién instalado, musitando sus palabras con evidente intención de no ser escuchada.

Aquella mañana, se aprestaba a preparar desayuno para los muchachos que partían a la escuela, cuando el hogar fue estremecido por la abrupta llegada de tropas policiales. Como si lo conocieran de antemano, se dirigieron al cuarto donde dormía. Al tiempo de esposarla, mostraron a todos la bolsa contentiva de polvo blanco escondida debajo del atajo de ropas pendientes de lavar.

Por Pedro P. Yermenos Forastieri

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