domingo, julio 3, 2022
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Mejor convexo que cóncavo

No siempre fue así. Antes del Tratado de Aranjuez, en 1777, los reinos de España y Francia, decidieron establecer unas líneas divisorias que sirvieran de frontera, en una isla del Caribe, denominada La Hispaniola. El Tratado de Aranjuez es la culminación de dos anteriores (Tratado de Nimega, 1678 y Tratado de Ryswick, 1697), en los cuales se determinaron las limitaciones fronterizas entre las dos colonias; es decir, Saint Domingue France y Santo Domingo Español.

De todos esos tratados, el que define la situación de los habitantes de la Isla Hispaniola, es el Tratado de Basilea, firmado entre Francia y España, el 22 de julio de 1795, en el cual España cede toda la porción Este de la Isla a la República Francesa, a cambio de que el reino español recuperara los territorios conquistados por los franceses en el Norte de la península Ibérica, compuesto por Cataluña, entre otros. Es decir, que la parte del Santo Domingo Español, sirvió a España, para recuperar la región catalana.

Casi una década después de la firma del Tratado de Basilea, el 1ro. de enero de 1804, Dessalines proclama la independencia de la República de Haití, después del triunfo de la Batalla de Vertieres (18 de noviembre de 1803), culminando así, la revolución iniciada el año 1791. Solo bastó que terminara el periodo de la “España Boba”, en el 1809, para que los líderes haitianos en el poder, manifestaren una tendencia expansionista, poniendo su objetivo en conquistar el territorio español de la Isla.

En lugar de apoyar a los habitantes de la parte Este de la Isla Hispaniola a alcanzar su independencia, se dedicaron, durante dos décadas (1804-1822), a orquestar el plan de invadir a un pueblo, que en fecha 1ro. de enero de 1821, proclamó el derecho de los dominicanos a ser libres. Anhelos que fueron coartados por espacio de 22 años. En el periodo del 1822 al 1844, los dominicanos sufrieron todos los desmanes que el ser humano puede soportar. La ignominia de los invasores haitianos llegó a tal extremo de que, los dominicanos debían de contribuir con el pago de los 150 millones de francos oro, que le exigió la República francesa a Haití, como compensación por los daños de guerra, ocasionados en el periodo de la revolución haitiana.

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La cicatriz dejada en la moral y las costumbres del pueblo dominicano, por la invasión haitiana, es imposible de borrar; no obstante, los dominicanos, al través del tiempo, sin importar el tipo de gobierno que hemos tenido, nunca hemos querido tomar represalias por los abusos sufridos en otrora. Cuidado, no vayan a creer que es por falta de valor. No. El dominicano no es rencoroso y, la mejor demostración es que convivimos en una isla en el medio del Caribe, propulsando la amistad con todos los pueblos de la región; sin importar, las veces que hemos sido invadidos por otras potencias extranjeras.

Es mejor ser convexo que cóncavo, pues como convexo, tenemos la facultada de recibir y no de rechazar La principal demostración de nuestra hospitalidad y buen trato a los extranjeros, son las oportunidades que ofrecemos para el desarrollo a los visitantes. En rechazo a las acusaciones de malos tratos y, hasta de esclavitud, especialmente a los ciudadanos haitianos, son los siguientes aspectos cotidianos: el servicio de moto concho esta abrumadoramente desplegado por personas provenientes de Haití, igual sucede con determinadas rutas de automóviles, en las principales ciudades del país. A esta “invasión”, agréguele que la mayoría de los que ejercen esos oficios, no tienen documentos para justificar su legalidad y permanencia en territorio dominicano.

En el orden relacionado con las actividades comerciales sociales y diplomáticas, siempre surgen contrasentidos, cuyos orígenes, regularmente, provienen de las autoridades haitianas. En muchas ocasiones para tratar de obtener ganancias de causa, se muestran como victimas ante la opinión pública internacional, cosa que, nunca se ajusta a la verdad.

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Los dominicanos no tenemos la culpa de los malos gobiernos que históricamente ha sufrido el pueblo haitiano. Desde los inicios como pueblo libre, ya se perfilaban adláteres de los sistemas que enfrentaron, ostentando títulos nobiliarios como emperador, rey, etc.
Las muestras más fehacientes de la capacidad de servicio del pueblo dominicano, se han mostrado en el terremoto del 2010; las tempestades ciclónicas y, los subsiguientes temblores de tierra en suelo haitiano; por otra parte, las atenciones a miles de parturientas en nuestros centros de salud; los reiterados reclamos a la comunidad internacional, para una efectiva asistencia a los habitantes de esa Nación. Todo eso y mucho más, los dominicanos, al través de sus gobernantes, lo hemos hecho por nuestros vecinos; pero, lo que no podemos negociar, en base a mentiras, es el sacrificio de nuestros próceres y patriotas para tener un país libre, organizado y con deseo de alcanzar metas de desarrollo social y económico.

Por Julio Gutiérrez Heredia, CPA
Miembro 1001 del ICPARD
Auditor Forense

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