jueves, septiembre 29, 2022
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Exceso Fatal

Era época de proliferación de discotecas en el país. Una competencia feroz a cuál resultaba más moderna, cuál disponía de mejor sonido y sistema de luces más espectacular. Coincidía con el auge de la música disco, catapultada por la fama creciente de John Travolta y su éxito cinematográfico Saturday Night Fever. No había joven que se resistiera a la seducción de bailar ese ritmo y asistir a uno de esos alucinantes espacios.

Aunque en menor dimensión, el pueblito no escapaba a la moda del momento. Allí se estrenaron lugares que causaban sensación y en poco tiempo se convertían en cita obligada de una juventud que, sin dejar de tener las características naturales de esa especial etapa de la vida, solía divertirse de forma menos riesgosa, por llamarla de una manera.

La más atractiva estaba en un municipio secundario. Esto obligaba a adolescentes y mayorcitos no residentes, a trasladarse allá, sobre todo los fines de semana. Para esto, tenían mayor posibilidad, aquellos cuyos padres les prestaban sus vehículos. Sus amigos soñaban con integrar el grupo que acudiría a disfrutar de la novedad que era, al unísono, el punto de encuentro de parejas que estaban en proceso de constituirse, o que disfrutaban del embrujo del amor. Era delicioso bailar un bolero porque al sonar esas melodías, resultaba casi imposible la visibilidad en el entorno.

El momento crítico de las noches llegaba cuando se hacían adultas y tocaba retirada. Eso solía suceder cuando las cosas alcanzaban su maravilloso clímax. No solo porque los traguitos empezaban a producir efectos, sino porque las caricias tocaban los puntos más elevados. Quizás la combinación de ambas cosas.

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La hipocresía y su ejercicio en la sociedad dominicana

Nunca algo había tenido la dimensión de la velada de aquel día. Tres parejas súper intrépidas que llegaron más lejos de lo que las conservadoras costumbres de aquellos tiempos permitían. Sus audacias llamaban la atención de todos. Era evidente que estaban dominados por los resortes del desenfreno. Cuando las luces se encendieron, señalando el final del jolgorio, se hicieron notorios los estragos de los excesos.

Tomaron el camino de regreso. El peligro saltaba a la vista. Al pasar el estrecho puente de la vía, uno de los mozalbetes sacó su cuerpo por la ventana justo en el instante que coincidían con un camión. Nada tan macabro había ocurrido en el pueblito como la búsqueda de la cabeza degollada. Desde entonces, el tramo se conoce por el nombre del pobre jovenzuelo.

Por Pedro P. Yermenos Forastieri

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