NEW YORK.- Las elecciones del cinco de noviembre son las más importantes que hemos tenido en más de medio siglo, la muestra las extrañas alianzas políticas que se pactan.
Dick Cheney, vicepresidente de George W. Bush y arquitecto de su política bélica, huye a los brazos de Kamala Harris; él no es pacifista, ella es guerrerista. Con Harris, Cheney busca “mercado” para sus negocios guerreristas.
Robert F. (Boby) Kennedy huyó a los brazos de Donald Trump, quien como presidente, no guerreó y cuestionó las respuestas a la pandemia. Boby es pacifista, y cuestionó las respuestas a la pandemia.
Cuando un Kennedy marcha con Trump, y Cheney con Harris, asistimos a grandes cambios, un reagrupamiento político trascendental. Terminado este proceso electoral, entraremos en un nuevo orden político interno, los partidos se reinventarán para mantener vigencia. El sistema partidario está gastado, el grupo que no se actualice desaparecerá.
La alianza Harris-Cheney lo confirma: “Cuando un negro (Harris) y un blanco (Cheney) están comiendo, algo le debe el blanco al negro, o es del negro la comida. La administración Biden-Harris abrió un inmenso mercado guerrerista envidiable.
La plata que ellos le aseguran a la industria armamentista entre Ucrania, Israel, Filipinas y el mar del Sur de China es encantador, tiene a Cheney lívido. Trump no representa ni le garantiza nada a Cheney, su alianza con Harris podría ser la más duradera.
La alianza Trump-Kennedy podría ser mucho más frágil, aunque resulte lo contrario. Kennedy no es un “anti-vacunas” el sencillamente cuestionó la narrativa de la pandemia, incluyendo las vacunas, como Trump.
Kennedy podría manejar cuestiones relacionadas con las industrias farmacéuticas y alimenticias en un posible gobierno de Trump, lo que no está claro es cuánto poder puede tener.
Terminado este proceso electoral, hasta nuevos partidos podrían surgir, sustituyendo los viejos que mueran.
Por J.C. Malone



