FLORIDA.- Proyecto consensuado con partidos y la JCE sobre candidaturas independiente no tiene dolientes.
Se estableció, que el independiente debe tener tener mínimo un 2% del padrón, no recibir nada de ayuda de JCE y lanzarse a ser independiente, así, creo es un suicidio. Además, se determinó en proyecto candidaturas independientes, esto: solo tres candidatos independientes por cada nivel de elección podrán concursar
La Ley Electoral dispone que el 80 % de los fondos asignados para cada elección se distribuya a los partidos que obtengan al menos el 5% de la votación del nivel presidencial, mientras el 20% se destina a las organizaciones que no superen ese porcentaje, para independiente nada y si ganan, ¿no se le reconocerá deudas y gastos que contrajeron para presentar al electorado la 3ra opción? Eso debe debatirse.
- REFLEXIONES
Las organizaciones que respalden a los candidatos independientes deberán transparentar sus finanzas y las inscripciones de candidaturas deberán realizarse hasta un año antes de la fecha electoral.
El problema de la desigualdad en RD viene desde la década de los ochenta y se ha mantenido y reforzado con el paso de los años, a través de políticas públicas, que mantenían la segregación de clases sociales. Debido a lo anterior, hemos sido testigos de una gran cantidad de movilizaciones sociales, cuyo fin ha sido demostrar la existencia de una latente desigualdad en sus respectivas sociedades, que ha generado un sentimiento de descontento hacia el régimen democrático.
Tuvo que llegar una pandemia para dejar en evidencia de la manera más más cruda como la redistribución de ingresos es paupérrima y que esta realidad está relacionada directamente en cómo la sociedad percibe al régimen democrático.
Desde un punto de vista normativo, se espera que los gobiernos puedan solventar las brechas de desigualdad entre los sectores de altos ingresos con los de ingresos medios y bajos. Esta desigualdad se aprecia en hechos como la manera en que afrontamos el confinamiento social: personas que ha tenido que salir a trabajar para subsistir, quienes han perdido sus trabajos, aquellos que protestan en contra de las medidas sanitarias, porque quieren o necesitan trabajar en servicios no esenciales, entre muchas otras situaciones. Todo esto tiene en base a la desigualdad económica y social que vivimos. Pero existe una solución para futuros fenómenos, que son las políticas públicas.
Para el futuro, los gobiernos deben planificar, a través de leyes y políticas cuyo objetivo sea la mejor redistribución de ingresos, entregando derechos universales a la población, en un contexto que exista un nuevo pacto social entre el Estado, los privados y la sociedad civil para colaborar entre todos, mejorando la calidad de nuestras democracias.
La desigualdad es un factor que puede afectar de forma negativa a los regímenes democráticos, generando un alejamiento y profundizando la apatía del ciudadano hacia la acción política y participación democrática. Por ello, es de suma importancia que los gobiernos deben realizar políticas para generar la inclusión de la ciudadanía. No es sostenible para un sistema democrático que los gobiernos mantengan políticas económicas que solo contribuyen a mantener o agrandar la brecha de desigualdad en sus respectivos países. Por eso, se debe abogar por dichas políticas públicas de carácter universal, generadas con la participación de todos los estamentos sociales anticipadamente y no tener que enfrentar un evento de la magnitud del Covid-19, para que la clase político se dé cuenta de las precarias condiciones de sus ciudadanos.
Toda sociedad puede ser vista como un conjunto de escenarios en los que cada uno de nosotros desempeñamos diferentes “papeles”, como en una obra de teatro en cada uno de los planos y escenarios en los que actuamos. En el plano familiar, podemos desempeñar el rol de padre, de hijo, de esposa, de cuñado, etc. Y en cada uno de esos planos sabemos cómo se espera que nos comportemos, según nuestros respectivos papeles. Al igual que ocurre con nuestros papeles en el trabajo, en el vecindario, en la vida política y social, etc. En las sociedades complejas cada uno de nosotros tiene que desempeñar múltiples papeles en cada momento. Y todos ellos responden a patrones y expectativas de comportamientos pautados que nos orientan y simplifican las interactuaciones en la vida social, brindándonos orientaciones, certezas y capacidad para saber qué hacer y cómo en momentos más o menos complejos y difíciles.
Por eso, resultan muy importante los procedimientos que se utilizan para intentar que los diferentes roles puedan desempeñarse y complementarse mutuamente entre sí, sin dar lugar a confusiones y conflictos y, sobre todo, a personalidades explosivas, contradictorias y disociadas, que acaben en derivas patológicas. Algo que puede repercutir tanto en el plano personal de las conductas sociales recíprocas, como en el plano político. Por eso, no resulta armonizable el rol de buen padre con el rol de “violento compulsivo”, o de “depredador sexual”, o “torturador”. O el rol de policía con el de ladrón o delincuente violento. O el de “profesor” con el de “acosador”, o el de “médico” con el de “mala paga”.
Además de en el plano general político, en nuestros días también están incidiendo negativa y disfuncionalmente aquellos que asumen el rol del “apocalíptico”, que solo ve problemas y peligros en todo y por todo
De ahí la problemática de los conflictos de roles que dan lugar a que determinadas personas puedan verse abocadas tanto a conflictos, o disociaciones, de personalidad, como a conductas contradictorias con los propios intereses y necesidades, socialmente objetivables de cada uno de nosotros. En particular y en general.
Si nos situamos en perspectivas temporales de largo alcance, podemos comprobar cómo la historia nos brinda muchos ejemplos de este tipo de personalidades contradictorias y disociadas, así como de sectores sociales que acaban teniendo comportamientos —y “papeles”— colectivos claramente contradictorios con sus intereses y necesidades objetivas —o razonablemente objetivables—. Lo cual suele terminar traduciéndose en conflictos y/o retos históricos mal resueltos. Con todas las negatividades y problemas que suelen acompañar situaciones de este tipo.
Paradójicamente, lo que caracteriza la situación actual es de una notable diacronía entre la enorme gravedad y las complejas exigencias del reto al que nos enfrentamos, y la pobreza moral, política y técnica desde la que sectores muy significativos de la sociedad y de la vida política están afrontando la situación.
Entre lo grande —del reto— y la pequeñez de algunas reacciones se encuentra encajonada en estos momentos nuestra especie, en momentos en los que son palpables las necesidades de liderazgos y de estrategias de respuesta de mucha mayor altura, ambición y capacidad implicativa.
Frente a tales exigencias, la impresión que transmiten algunos liderazgos —los Trump, los Bolsonaro y bastante más— es de una enorme corteza de miras, por no referirnos a la sobre ideologización excluyente de la que se vanaglorian determinados líderes territoriales que no son capaces de ver más allá de sus narices, y que en momentos tan difíciles, en los que se precisa inteligencia y capacidad de entendimiento, no son capaces de salir de la lógica de las exclusiones mutuas, de las antagonizaciones sistémicas, e incluso de la dialéctica de los insultos gruesos y las violencias argumentales.
El problema no consiste solo en no saber, o no ser capaces, de salir de dinámicas políticas tan poco inteligentes como inapropiadas, en coyunturas como las actuales, en las que los ciudadanos más sensatos y responsables demandan capacidad de empatía, sentido común y apuestas inteligentes y solventes en pro de soluciones viables. Soluciones que exigirán generosidad y renuncias por parte de todos, asumiendo de entrada aquel elemento nuclear del consenso keynesiano que hizo posibles los gloriosos treinta años de acuerdos, que supusieron entender —de partida— que “cediendo todos un poco era mucho lo que todos podían ganar”. Lo que permitió una funcionalidad social y económica que no dejaba a nadie tirado en la estacada.
Por eso, es difícil entender que en sociedades como las actuales, en las que tenemos tantas riquezas y recursos y en las que disponemos de las grandes potencialidades que nos brinda la revolución científico-tecnológica que está en marcha, no seamos capaces de sentar las bases comunes necesarias para salir razonablemente bien del terrible desafío de la pandemia y sus graves efectos en la economía y el empleo.
¿Cuáles son los obstáculos que impiden una salida razonablemente consensuada ante este reto? Hoy por hoy, los principales obstáculos están viniendo del campo de la política, por parte de aquellos que no son capaces de apearse de dogmas que la historia y la experiencia práctica —incluso bastante reciente— han demostrado que pueden ser disfuncionales, no solo socialmente, sino también en un amplio plano económico.
Por eso, determinados patrones de pensamiento, cuando son llevados al grado de esclerotización que algunos continúan postulando, tienden a convertirse en puras “ideologías” tan disfuncionales como apartadas de la realidad, en el sentido que analizó en su día Karl Mannheim.
Junto a este fallo de congruencia sistémica, muchos de los que en estos momentos persisten en su obcecación por enrarecer el clima político y tensionar el funcionamiento de las instituciones, con comportamientos sumamente agresivos, en realidad lo que tienen es un problema adaptativo de base, en la medida que están asumiendo y practicando roles sociales y políticos que no son congruentes con las realidades presentes y sus necesidades objetivas.
No me refiero solo a aquellos que se han metido dentro del papel del líder gritón, chulesco, antifeminista, altanero e insultador, tipo Trump, Bolsonaro y bastantes otros —en el plano macroscópico y en el microscópico-, sino a todos aquellos que trasladan al plano de la política conductas y roles impropios de personas inteligentes, pragmáticas y con altura de miras. Que es el tipo de rol que la mayoría espera de los políticos, y no el de “matón del barrio”.
Además de en el plano general político, en nuestros días también están incidiendo negativa y disfuncionalmente aquellos que asumen el rol del “apocalíptico”, que solo ve problemas y peligros en todo y por todo. Que critica todo lo que pasa, sea o no responsabilidad de los gobiernos, sin aportar soluciones, alimentando temores y pesimismo.
Igual ocurre con el que asume el rol del “disociado”, que no es capaz de establecer las conexiones reales existentes entre los datos de la realidad, los diagnósticos y las soluciones, mezclando churras con merinas. Lo que genera confusión y falta de visibilidad de las soluciones. A lo que habría que añadir los que se vanaglorian ejerciendo el rol de los “excluyentes”, o “desajuntados”, que ante una borrasca como la que nos asola, pierden un tiempo precioso en “excluir” —y excluirse— respecto a lo que hoy por hoy resulta necesario “incluir” perentoriamente, manejando argumentos y explicaciones a veces pueriles, del tipo de “yo con ese no me junto”, o “yo con esos no me pongo a remar juntos”, como si la situación permitiera tales distingos. Lo que puede producir graves disfunciones en los niveles de cohesión social y política —y paz pública— que vamos a necesitar para enfrentarnos a lo que está por venir.
En definitiva, parece claro que para hacer frente a muchos de los retos multidimensionales que plantea la candidatura independiente, creo, vamos a necesitar hacer un esfuerzo serio de empatía y de capacidad de adaptación, desde la conciencia de que nuestras sociedades tendrán que ser capaces de adaptarse, innovar y ponerse al día en múltiples planos y pautas de comportamiento.
Vistas públicas y dejar hablar a los que no tenemos voz, eso es democracia.
Por Johnny Sánchez

