NUEVA YORK.- La libertad de expresión es un pilar fundamental en cualquier sociedad democrática, pero en la era digital, esta libertad ha tomado formas complejas y, a menudo, problemáticas.
Las redes sociales, que deberían ser plataformas para el diálogo y el intercambio de ideas, a veces se convierten en depósitos de desinformación y hostilidad. José Martí, un ferviente defensor de la libertad, advertía que “no quiero la libertad si viene con la deshonra”, una reflexión que resuena hoy más que nunca.
En un mundo donde cualquier persona puede compartir sus pensamientos al instante, la responsabilidad del uso de esa libertad se vuelve crucial. La deshonra se manifiesta en discursos de odio, noticias falsas y ataques personales que, más que enriquecer el debate, lo empobrecen y generan divisiones. Los gobiernos, a menudo, utilizan esta situación para justificar controles y censura, argumentando que están protegiendo a la sociedad de los abusos que pueden surgir de la libertad mal utilizada.
Sin embargo, la verdad es que la verdadera amenaza a la libertad proviene de aquellos que buscan manipular la información y silenciar voces disidentes. La libertad no es inherentemente mala; son las acciones de quienes la ejercen sin responsabilidad las que pueden llevar a la deshonra. En este contexto, es vital fomentar una cultura de respeto y discernimiento en el uso de las redes sociales.
Es esencial que los usuarios sean conscientes de su poder y responsabilidad, eligiendo promover el respeto y la verdad en sus interacciones. La libertad de expresión debe ir acompañada de un compromiso ético que valore la dignidad humana y el bienestar colectivo. Solo así podremos construir un espacio digital que no solo celebre la libertad, sino que también respete la integridad de todos.
En conclusión, la libertad es un derecho que debe ser defendido, pero también debe ser ejercido con responsabilidad. La lucha por una expresión auténtica y respetuosa en las redes sociales es un desafío del presente que determinará el futuro de nuestra convivencia y democracia.
Por Nelson Rojas

