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La medalla que nunca debió ser entregada: cuando el Nobel de la Paz se convierte en instrumento de vanidad política

María Corina Machado otorga placa del Nobel de la Paz a Trump

La medalla que nunca debió ser entregada: cuando el Nobel de la Paz se convierte en instrumento de vanidad política

FLORIDA.- Más allá del acto simbólico de entregar la medalla y los recursos económicos asociados al Premio Nobel de la Paz, el episodio protagonizado por María Corina Machado y Donald Trump ha abierto un debate más profundo, el uso de símbolos universales para alimentar proyectos personales de poder y narrativas políticas marcadas por el personalismo y la grandilocuencia.

Especialistas en derecho internacional y gobernanza global han sido categóricos, el Premio Nobel es estrictamente personal e intransferible, no solo en términos legales, sino también éticos. Para el politólogo noruego Henrik Syse, estudioso del legado del Nobel, “cuando un laureado intenta ceder su premio, se genera una confusión deliberada entre el reconocimiento individual y la propaganda política, lo que erosiona la credibilidad del galardón”.

En la misma línea, académicos vinculados al Instituto Nobel han recordado que el premio no es una franquicia ni un capital político reutilizable, sino un reconocimiento histórico asociado a una trayectoria concreta. La medalla puede cambiar de manos; el significado moral del Nobel, no.

La gravedad del gesto aumenta cuando se analiza su destinatario. Donald Trump ha construido su liderazgo sobre una narrativa de excepcionalísimo personal, culto a la figura del “salvador” y una permanente búsqueda de validación simbólica. Desde esta perspectiva, la entrega del Nobel no parece un acto de desprendimiento altruista, sino una maniobra destinada a reforzar su mitología política y su relato de líder indispensable frente a las élites globales.

Trump no necesitaba la medalla para ejercer poder, pero sí para alimentar su narrativa de grandeza. Y Machado, consciente de que el Nobel no es transferible, optó por un gesto carente de valor jurídico, pero altamente funcional en términos propagandísticos.

Incluso sectores opositores al gobierno venezolano han manifestado incomodidad. Para dirigentes y analistas latinoamericanos, el episodio proyecta una imagen de dependencia política y subordinación simbólica que debilita la narrativa de autonomía democrática que Machado dice representar.

En Europa, parlamentarios y organizaciones defensoras de derechos humanos han advertido que este tipo de acciones banaliza los premios internacionales, convirtiéndolos en simples objetos de exhibición mediática. La crítica es clara, cuando los símbolos pierden solemnidad, también pierden su capacidad de inspirar.

Paradójicamente, el mayor daño no recae sobre el Nobel ni siquiera sobre Trump, sino sobre la propia causa democrática venezolana. El mensaje que se transmite es peligroso, la lucha por la democracia se subordina a la necesidad de agradar a un líder extranjero, aun cuando este tenga un historial ampliamente cuestionado en materia de derechos humanos, institucionalidad democrática y respeto al Estado de derecho.

La estrategia puede generar titulares momentáneos, pero a largo plazo erosiona la legitimidad moral del liderazgo opositor, al mostrarlo dispuesto a sacrificar principios simbólicos en nombre de alianzas coyunturales.

Este episodio no es aislado. Forma parte de una tendencia global en la que símbolos universales son instrumentalizados para alimentar egos políticos y narrativas autorreferenciales. Así, el Nobel de la Paz, concebido como un reconocimiento a la cooperación entre pueblos, termina reducido a un trofeo más del personalismo contemporáneo.

Cuando esto ocurre, no solo se degrada el premio, se empobrece la política y se trivializa la ética pública.

La decisión de María Corina Machado de entregar la medalla y los recursos del Nobel a Donald Trump, sabiendo que el galardón es intransferible, no tiene efectos legales ni históricos, pero sí un profundo impacto simbólico. Su principal resultado es reforzar la narrativa de grandeza personal de Trump, al tiempo que debilita la seriedad de la causa que dice defender.

Más que un acto de desprendimiento, fue un gesto de cálculo político; más que una estrategia diplomática, una concesión simbólica. Y en política, cuando los símbolos se entregan sin principios, el costo suele pagarse en credibilidad.

Por Ramón Ceballo

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