La muerte de Ramón Alburquerque, sorpresiva por demás, me ha hecho reflexionar, observando las reacciones de los diferentes actores políticos que son parte esencial de nuestro sistema de partidos, de cómo hemos sido invadidos por una plaga de personas sin juicio propio, alabarderos por naturaleza, buscadores de prebendas sin raciocinio ni iniciativa propia, es decir, puros mediocres y pusilánimes, cuyo criterio siempre será sin discutir, el de la persona que reparte las prebendas.
El genial médico y escritor argentino José Ingenieros, en su obra «El hombre mediocre», en él hace un análisis descriptivo de ese ser humano sin iniciativa, acrítico, esos que van por la vida con el conformismo de ser parte de la manada, los que son parte del rebaño y siguen ciegamente las ideas de otro, simplemente porque así les es más fácil pasar por la vida mediocre que escogieron.
El caso de Ramón Alburquerque en el partido político que le tocó ser militante es un buen ejemplo de cómo la mediocridad se ha impuesto en el medio político partidario, a un hombre con pensamiento e ideas brillantes, con una formación por encima de la media nacional, se le intentó humillar al llegar el partido que parió junto a otras personas al poder, ofreciéndole una participación irrelevante en el sector eléctrico.
Es muy fácil para quien nunca en su vida ha hecho política partidaria, plantear que la «disciplina» y el «pensamiento uniforme» es fundamental para la existencia de las organizaciones que dan sostén a la democracia y son los partidos políticos, que deberían ser el escenario de debate por excelencia, solo que en la República Dominicana esa disciplina pasa por aceptar sin contradecir la última palabra del «líder o presidente».
Así vemos como pasan los años y las elecciones, con la eternización de la mediocridad en las cúpulas partidarias. En los partidos más pequeños es claro que los mediocres son los presidentes y líderes de unas entelequias y ventorrillos, que solo existen para engullir nuestros impuestos, tanto en el gobierno como en la oposición con el cuento de que ese es el precio que pagamos por la democracia.
En los más grandes todo es peor, en esos cuyas siglas son PRM, PLD y FP, el nivel de mediocridad está directamente asociado a la cercanía del «líder o presidente», en el caso del primero, el trato dado al Ing. Alburquerque, un técnico reputado en el área de energía y minas es una demostración muy clara del nivel de mediocridad que se exige en algunas esferas del gobierno para manejos de dos áreas tan sensibles como las mencionadas.
Simplemente esa mente brillante no podía caber dentro de un montón de mediocres, que fueron los designados a manejar esos sectores claves en la economía nacional; los a su vez mediocres resultados están a la vista y sufrimiento de todos, el futuro nos dirá cuáles fueron las reales intenciones de evitar que un no confiable, por la independencia de pensamiento, Ramón Alburquerque, el mejor técnico que tenía el PRM en esas áreas, fuera designado para dirigir el ministerio que de manera natural le tocaba.
Y con relación a los segundos, está muy claro que allí solo se hace lo que diga «el líder», nunca mejor puesto el mote, pues un círculo de mediocres rodea cuál anillo de hierro a mi querido amigo de tantos años, es que son incapaces de asumir cada uno y con cabeza propia la decisión inevitable de dar paso a una nueva generación es que no se han dado cuenta que el futuro llegó y están siendo arrollados por él.
Y en el caso de los morados, allí todos cargan con las culpas ajenas de la permisividad y ocultamiento, bajo unas siglas políticas, de protección contra pedidos de cuentas por el enriquecimiento vergonzoso de la familia y allegados, lo de mi otro amigo de muchos años, todavía no lo entiendo, cómo fue capaz de permitir que su esfuerzo de vida fuera tirado en el zafacón de la historia.
Ramón Alburquerque QEPD, es ejemplo que en RD se prohíbe pensar.
Por Humberto Salazar

