Cuentan que aprovechando un momento en que Rafael Leónidas Trujillo Molina hacía un recorrido por algunas oficinas del Palacio Nacional, Petán, llegó al despacho de su poderoso hermano de donde sustrajo el dinero del maletín, en el cual, generalmente el dictador guardaba fuertes sumas, en billetes de alta denominación.
Algunos resaltan que, al retornar a su oficina presidencial, el denominado “Jefe” se percató que su maletín ocupaba un sitio diferente al asignado y de inmediato lo abrió y constató la pérdida de unos 100 mil pesos en efectivo.
Tal situación hizo que el despiadado gobernante explotara en ira y poniendo en evidencia unos gestos de violencia que arroparon de temor y extrañeza a algunos de los militares que hacían servicios en la cercanía de su llamativo despacho.
Tan pronto como el inflexible dictador fuera informado por sus allegados de confianza de que “la única persona” en entrar a su oficina había sido su hermano José Arismendy Trujillo Molina (Petán), empezó a pronunciar, a viva voz, una serie de denuestos e insultos contra su familiar.
Momentos después, el considerado “monarca sin corona”, nacido en San Cristóbal, procedió a llamar a uno de sus acólitos militares, coronel del Ejército Nacional, en quien tenía la seguridad de no titubear en dar cumplimiento a una orden suya.
Fue entonces cuando el denominado “Padre de la Patria Nueva”, Rafael Leónidas Trujillo Molina, ordena categóricamente su mandato a cumplir con las siguientes palabras:
“El ladronazo ese de Petán… acaba de robarme RD$100,000.00, y no se va a quedar con mis cuartos. Así es que vaya a Bonao, que ese hijo de puta salió para allá; tráigamelo aquí, a mi despacho. Y si no quiere venir por la buena, mátelo y tráigamelo comoquiera”.
- Ante la misión enunciada por Trujillo, el coronel en cuestión reaccionó diciendo: “Sus órdenes serán cumplidas”.
Alejado de la presencia física del estricto mandatario, el astuto oficial, conociendo las ambiciones, intrigas, afán de lucro, los pleitos que no duraban mucho tiempo, y sobre todo, los chismes que eran condimento cotidiano entre los miembros de la familia de su superior, sin dejar de cumplir la encomienda, en ningún momento olvidó el valor de la máxima popular surgida del “culebreo militar” que reza: “El que se mete entre muela y muela, lo mascan”.
De inmediato procedió a visitar a la madre de los Trujillo, Julia Molina, considerada como “la excelsa matrona”, a quien informó sobre la situación, rogándole que llamase, urgentemente, a Petán a Bonao, para pedirle que viniera de inmediato con el dinero y que se quedase en la residencia de su progenitora, “refugiado por algunos días”.
En ánimo de evitar cualquier tipo de “chivateo en el cumplimento de su misión”, el oficial militar en referencia también hizo un periplo por Bonao y las fincas del hermano del dictador, en donde los guardias campestres informaron que Petán había salido, con “carácter de urgencia” hacia la capital.
Rápidamente, el agente militar se comunicó por teléfono con el despiadado mandatario dominicano, a quien informó sobre el resultado de su viaje, lo que motivó al tristemente célebre gobernante a ordenar el impedimento para que su hermano perseguido no saliera del territorio nacional.
Cuentan que, en el atardecer de aquel día, el general Héctor B. Trujillo, quien muchas veces actuaba como una especie de “paños de lágrimas” en algunos conflictos de miembros de su familia y el severo mandatario, llegó al despacho de este último y le entregó el dinero sustraído por Petán, dando paso a la siguiente conversación:
– “Y dónde está ese desgraciado, ¿ladronazo?”, preguntó Trujillo.
– “Se refugió en el consulado”, dijo Héctor en torno burlón.
-“En cuál consulado?”, inquirió Trujillo con curiosidad.
_” En el único que usted respeta, en casa de mamá”, dijo Héctor con sorna.
Como colofón de esta narración, destaca el periodista y maestro por vocación, Manuel de Jesús Javier García, en la obra “Mis 20 Años en el Palacio Nacional Junto a Trujillo y otros gobernantes dominicanos”, que Héctor B. Trujillo Molina al salir del despacho de su hermano iba riéndose porque, según contó a uno de sus allegados, el carro de José Arismendy Trujillo, tocando bocina durante casi todo el trayecto, hizo el recorrido desde Bonao a la capital en un tiempo tan corto que marcó un récord que, aún hoy, con todo y autopista, no ha sido igualado, pero además, el conductor del vehículo tuvo que ser internado en un centro de cardiología.
¡¡Ah, las cosas del trujillismo… insólitas y despiadadas…!!
POR JUAN CRUZ TRIFFOLIO



