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Dos compadres, el amor de una mujer y un juez

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Dos compadres, el amor de una mujer y un juez

El hecho de que dos amigos se fijase en la misma mujer, y que en el tráfago de estas codicias amorosas ninguno quisiera ceder ante sus afanes de conquistas, podría verse como el trozo de “una vida irreal”, remota, increíble y novelesca. Pero resultó ser tan real como la vida misma.

La situación se tornó tirante. Había llegado a un punto de quiebre de años de una amistad que parecía eterna. El emblemático compadrazgo que había nacido en las aulas de la Facultad de Humanidades de la universidad estatal se fue a pique. “Todo se derrumbó…”, diría una vieja canción del mexicano Emmanuel. Y es que éstos enamorados empedernidos no pensaron en los tiempos de alegría, amarguras y ditirambos políticos. Parecen desvanecerse las penurias compartidas en los pasillos universitarios donde rumiaban sus estudios de periodismo. El acercamiento, si se quiere idílico, resultó tan profundo que éstos juraron ante Dios mantener un firme compadrazgo a toda prueba o por encima de las circunstancias.

Lamentablemente, no fue así, entre ellos se impuso “una locura de amor”.

Los dos viejos amigos y camaradas del partido, tomaron la radical y tétrica decisión de “batirse a tiros” por el amor de una dama. Concluyeron que la mejor manera de dirimir el sentimiento que sentían por esa mujer era por vía de las armas, al estilo del viejo Oeste de Estados Unidos.

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– “Compadre, vamos a resolver esto de una vez, vamos a batirnos a tiros”, dijo Leocadio Rojas (El Intelectual) a su amigo Pericles Marte (El Filósofo) en un patético arranque de celos surgido a raíz de los efectos del alcohol. – “El que quede vivo, compadre, que se quede con Mireya”.

Leocadio, era conocido en los corrillos de la facultad de humanidades como “El Intelectual” por sus profundas y desafiantes reflexiones académicas. Éste llegó incluso a desafiar a profesores en las aulas, mientras a Marte se le consideró un “filósofo” por sus conocimientos de esta disciplina humanista. Entraron a los campos profesionales como reputados y respetados comunicadores.

Hasta que una circunstancia los juntó años después en Radiotelevisión Dominicana, -uno como empleado y el otro de visitante-con el cambio de gobierno de 1978.

En el giro de las cosas, llegaron al departamento de Prensa de la emisora nuevos periodistas, entre ellos Leocadio “El Intelectual”. En el transcurso de los días, comenzó a “tirarle la vista” a la recepcionista de la televisora, la cual, al parecer, lo envileció, pero de tal manera, que causó que, de vez en cuando, éste se le aparecía a la joven con ramos de flores, aperitivos y en ocasiones le recitaba poemas de amor.

No puede decirse que ella era una diva. Pero esta una mujer, gordita, y con una gracia encantadora, encandilaba a Leocadio, y a los visitantes que acudían por diversas razones a la estación radiotelevisiva. Ella, con una pose tierna y de joven ingenua, mostraba una sonrisa divina y miradas sugerentes que atraían con sus salvajes ojos color avellana, su “piel canela” y desbordante empatía.

En una ocasión, Leocadio invitó a su compadre y casi hermano Pericles El Filósofo para que le visitara en su nuevo trabajo. Allí presentó a la que él decía que sería su “sueño de amor”, a su pareja perfecta, a la que sería el amor de su vida, la madre de las decenas de hijos que pensaba procrear con esta dama.

Y ese fue el error de Leocadio. El Filósofo quedó gratamente impresionado con la belleza de aquella mujer y no esperó para confesar a su compadre que a él también le interesaba la recepcionista.

A partir de ese momento las cosas cambiaron. Los compadres que decían que su amistad seguía sólida como una piedra sacada del río Yaque el Sur, comenzaron a surgir diferencias entre ambos. Y lo que eran discusiones sobre periodismo, filosofía y otros temas académicos, las conversaciones se centraron en resaltar la hermosura de Mireya y a cuál de los dos ella prefería para que fuera su pareja.

Leocadio alegó que él llegó primero a la vida de Mireya. Pericles, en cambio, decía que sus efluvios filosóficos nacidos desde el mismo corazón de Pitágoras, era suficiente para cultivarla y lograr que ella se inclinara por él. Entre discusiones, una tarde, Leocadio emplazó a El Filósofo a resolver el problema como dos hombres, acudiendo a la vía de las armas. Pero éste ripostó diciéndole que no era hombre de armas a tomar, que su arte, su pasión era la filosofía. Advirtió, sin embargo, que estaría dispuesto a batirse con su amigo por el amor de Mireya, “a toda honra”. Entonces me buscaron a mí para que sirviera de “juez”, ante lo que entendían era una noble causa por el amor de esta mujer, la cual, aunque galanteaba a los dos, no se decidía y desconocía sus desgarradores arrebatos amorosos.

“La decisión está en tus manos”, expresó El Filósofo. Planteó la posibilidad de que yo intervenga como consejero para dirimir en un desafío a muerte entre estos dos amigos. Antes, los tres nos trasladamos a un restaurante para discutir los pormenores del duelo. Hablamos sobre las medidas a adoptar, el lugar y quiénes estarán en el lugar. Traté de convencerlos de que no era la mejor opción, pero insistían en que debían dirimir la situación y cerrar esto de una sola vez. Gracias a mi reputada paciencia estoica las discusiones, acompañadas de largos tragos de romos, no derivaron en agresiones físicas. -“Pónganse de acuerdo, decidan cuál de los dos se quedará con Mireya”, expresé. Leocadio repetía con insistencia, ya con avanzados efectos del alcohol, que él la conoció primero y que en justicia tenía derecho ser quien se case con ella. El Filósofo, en cambio, afirmaba que Mireya lo prefería y que él se dio cuenta de ello el primer día que la conoció.

Entre tragos y más tragos, y nada de lograr que El Filósofo y El Intelectual se pusieran de acuerdo, decidí marcharme. El alcohol ya me había trastornando el sentido y eso no era adecuado para mi papel de magistrado.

–“Ya está bueno”, grité algo contrariado. Resuelvan eso ya, pónganse de acuerdo, ustedes parecen dos niños apegados a una paleta”, dije mientras balbuceaba algunas palabras que apenas se entendían. Decidí abandonar mi rol de juez por visible incapacidad. El ron me había noqueado y despojado de la balanza de la justicia.

La discusión siguió en pleno apogeo y me fui, aunque preocupado por lo que pudiera ocurrir. Temí que estos terminaran agrediéndose y dañándose. Pero gracias a Dios Leocadio y Pericles El Filósofo se pusieron de acuerdo en mi ausencia y sin mi intervención.

-“Decidimos convencer a Mireya. Saldrá un día con uno y después con el otro”, me informaron días después. “Ella, –añadieron- nos consentirá a los dos, nos ha manifestado que lo pensará y nos avisará”.

Me enteré con el tiempo que ataviada de dulces bondades, la hermosa Mireya, a fin de evitar la ocurrencia de lo que según ella iba a ser una tragedia, decidió compartir su vida con estos dos buenos amigos. Y fueron felices los tres.

Por Emiliano Reyes Espejo

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