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Enganchado

Su papá conoció al abogado en su recién inaugurada oficina del emblemático edificio Copello. Allí estuvo alojada la dignidad de la patria y, en ese momento, él sintió que se presentaba la oportunidad de iniciar a su hijo en actividades productivas.

Veía al profesional varias veces porque durante el día era el manipulador del vetusto ascensor a quien había que cerrarle con las manos la puerta de metal y por las noches fungía de guardián en uno de los condominios iniciales del Ensanche Naco. Fue ganándose su confianza para crear la circunstancia propicia y formularle la solicitud.

A media tarde de un jueves en que su hombre regresaba de los tribunales, se lo soltó de golpe: Quiero que le consiga un trabajito a mi hijo haciendo cualquier cosa que usted considere. La intrepidez lo dejó paralizado y apenas alcanzó a decirle que lo pensaría y le respondería más adelante.

Una semana después, Winston empezaba su labor de ayudante del estudio, donde limpiaba; hacía de mensajero; servía café; lavaba los carros y hasta de recepcionista servía. El muchacho era tan dispuesto y fiel, que pronto se ganó el cariño de todos y sus ingresos empezaron a mejorar por la generosidad que concitó su espíritu colaborador. Para el abogado, se fue convirtiendo en un auténtico protegido. Así transcurrieron más de dos años.

Hasta que vino la segunda sorpresa. Winston se engancharía a la policía. El abogado no podía creerlo. No se imaginaba un ser humano con un temperamento como el de él, bonachón, espontáneo, ingenuo, enfundado en un uniforme provisto de una arma de fuego. ¿Estás seguro que quieres hacer eso?, le cuestionó su protector jefe. -La misma persona que me colocó a su lado, es la que ha decidido esto-, respondió.

El raso iba de cuando en cuando por el edificio y era evidente que sus nuevos aperos desentonaban con su personalidad, de manera particular aquel revólver que colgaba de su cintura y que, en él, parecía más que cualquier cosa, un horrendo adorno.

Aquella mañana, al jurista le sorprendió la extraña ausencia del ascensorista por su inmancable presencia cotidiana a la salida del sol. Su faena de guardián fue interrumpida a las tres de la madrugada por una llamada fatal. En un barrio de la parte alta de la capital, en operativo antidrogas, Winston mató un jovencito de su misma edad. Al identificar a su amigo, se voló los sesos.

Por Pedro P. Yermenos

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