He acopiado durante toda mi vida, entre tantas enseñanzas que mis abuelos me impregnaron; una, de las máximas literarias de Campoamor enseñadas por el Mantilla: “En este mundo traidor, nada es verdad ni es mentira, todo es según el color, del cristal con que se mira” y la otra, de mi abuelo: “La escasez más grande que existe en el mundo, es la de consciencia”.
Durante mi paso como estudiante de derecho de la facultad de ciencias jurídicas y políticas de la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), aprendí, que no es lo mismo, ni es igual, la teoría y la práctica, salvo raras y honrosas excepciones, respecto a lo que se aprende en las diversas materias, máxime en derecho constitucional, internacional público y privado y su aplicación en la realidad jurídico-política interna y en el marco del derecho internacional, en lo que respecta a los postulados de su creación, versus su manera de actuar, decidir y emitir sus dictámenes y decisiones, basadas en un ficticia realidad, muy subjetiva, cargada de inusitada parcialidad y totalmente divorciada de la realidad fáctica de los hechos y su correspondiente calificación jurídica fundamentada en los principios de justicia, de imparcial, razonabilidad, proporcionalidad y de la equidad; además, del irrespeto a la Soberanía, doble moralidad, desprecio absoluto de la paz y la convivencia pacífica entre los pueblos del mundo; falta de honradez, honorabilidad y ciego vasallismo. Se deberían reescribir los textos, de cara a la realidad.
Ese es el funesto legado que dejan las instituciones, órganos, organismos y demás serviles satélites creados con la real y efectiva finalidad de juzgar y sancionar todo lo que sea contrario a los dictámenes, propósitos, políticas y objetivos de los países occidentales. Los hechos históricos marcados en sus trayectorias trazadas demuestran irrefutablemente, su abismal y galáctica distancia entre sus postulados y actuaciones veletoides, que siempre van en la dirección que sus amos les indiquen, cual caballos con anteojeras y orejeras tirando de una carreta guiada por las riendas y el fuete del jinete de manera controlada, en la dirección que éste indique y decida. Los elementos constitutivos, son desdoblados con absoluta parcialidad e inverosimilidad, al igual que las calificaciones jurídicas que deberían, sin excepción, basarse en esos elementos, que se constituirían a todas luces, de manera fehaciente, en las premisas en las cuales deben abocarse para fundar sus decisiones de manera objetiva, de cara a la realidad de los hechos y sus circunstancias, constituyéndose en la correspondiente derivación de la base legal para el entramado motivacional; pero, a pesar de todo, no se pueden abandonar, para no dejar la cancha libre.
Los casus belli, crímenes de lesa humanidad, terrorismo, torturas, exterminios étnicos, neonazismos, tráficos de órganos y todos los casos de las más atroces y aberrantes crímenes cometidos contra la población civil, son calificados según sean los actores y perpetradores materiales e intelectuales; cuando son cometidos por el lado que los creó, el occidente colectivo, son considerados inexistentes, justificables, daños colaterales, bajas de la guerra, propaganda mentirosa e inventos, conllevando una total inacción, haciéndose de la vista gorda y si se pronuncian, lo hacen en forma de nebulosa, irresponsable e incierta; pero, si estos actores se inventan cualquier subterfugio bajado como línea para que actúen contra sus adversarios, reaccionan como autómatas a la velocidad del rayo, emitiendo órdenes a diestra y siniestra. Para la OTAN y aliados, bombardear una embajada o meterle un misil a cualquier legación diplomática de los Estados que se le contraponen, no es casus belli: “son daños colaterales o errores y en todo caso, son legítimos objetivos militares que no pueden ser legítimamente respondidos militarmente”, frente a lo cual, la inacción de los entes internacionales, campean por doquier guardando silencio sepulcral.
Son insólitos los casos existentes y parecen más bien una grotesca pesadilla que los deja al desnudo cuando se mira la realidad. Algo extremadamente nauseabundo que los califica como entes aberrantes. Ven el vaso medio lleno, cuando quieren y otras veces lo ven medio vacío. Si esta realidad no cambia, el mundo seguirá patas arriba, mientras el titiritero siga moviendo, cuanto pueda, los hilos de la marioneta a su antojo, en el teatro que elija para presentarse, exigiendo, a los actores contratados, seguir el guion trazado y de cuyo libreto no pueden salirse, para no perder sus privilegios, resultando ser cómplices por acción.
Describir y nombrar al sol como un relámpago que su ocaso se produce en el oriente, el verde como blanco, que el océano es un desierto y que la clorofila es azul al igual que las hojas de los árboles, es lo que a conveniencia de parte hacen en sus actuaciones y calificaciones todos los organismos internacionales, no importa las materias que traten como tales, siendo basura para ellos todas las normas e instrumentos del derecho internacional y humanitario; e inclusive, los mismos instrumentos mediante los cuales fueron creados son letra muerta y de interpretación antojadiza. Los hechos son catalogados en función de intereses específicos y con total ceguera para favorecer a estos. Hechos y crímenes de lesa humanidad de sobra existen y nadie ha sido encausado. Ahí están las historias del terror causado por bombardeos masivos contra poblaciones civiles, situación que persiste como si nada existe y nada pasa. Viven irresponsablemente ensimismados dentro del marco “Agua que no has de beber, déjala correr”; pero, esta cruda realidad, los convierte en auténticos verdugos y cómplices por omisión.
Los crímenes de lesa humanidad, los actos de barbarie y terrorismo, así como cualquier otro, en un mundo justo, que sería el ideal y en la actualidad es irreal, injusto y parcial, deben ser castigados con la misma intensidad, no importando quien los cometa cuando sean comprobados con evidencias irrefutables y con las debidas garantías procesales; pero, no emitir, de manera arbitraria, dictámenes para favorecer a unos y perjudicar a otros, muchas veces solo por caprichos de objetivos geopolíticos. Los organismos internacionales vigentes han perdido su horizonte y su razón de ser: “No fueron creados para enjuiciar a nadie de occidente y cualquier intento de enjuiciamiento a estos, es una afrenta, una violación a la soberanía y recibirán sanciones ante tal acción”, expresan desde EEUU y desde Reino Unido: “Ningún tribunal podrá trazarnos pautas para bloquear decisiones de nuestro Parlamento Soberano”, ni los emanados del Tribunal Supremo ni del Tribunal Europeo de Derechos Humanos de Estrasburgo. Cualquier orden al respecto siempre será fallida y de corte periodística, pura y simplemente. Para los demás hay que darle seguimiento y ejecución, según le marque el director a la sinfonía occidental: Actos de terrorismo manos OTAN contra playas: “Lucha por la libertad y democracia”; Destrucción en guerra por parte de adversarios OTAN contra objetivos militares legítimos: “Crimen de guerra”. Unas de cal, otras de arena.
En su lóbrego, yerto y necrótico proceder, estos organismos internacionales han escalado hasta la cima más alta jamás imaginable del cinismo y la desvergüenza, no sólo en asuntos tan sensibles como el referente a la seguridad y las armas nucleares, sino hasta en el ámbito deportivo, no conformándose con prohibir participar en competencias a atletas de naciones consideradas por estos como “enemigos”, sin estos tener nada que ver con las decisiones y acontecimientos geopolíticos, observándose, con gran estupor, cómo se aplaude y ovaciona de pies a un atleta que saca una bandera con símbolos nazis o ucraniana, mientras, cuando una atleta ondea una bandera Palestina, esta es descalificada ipso facto. En sentido general, este es el argumentario llamado “mundo basado en reglas y el imperio de la ley”, que vende el occidente colectivo; pero, la ley del embudo, con interpretaciones distorsionadas ficticiamente y aplicación a su justa y favorecida medida.
Por Jorge A. Abreu Eusebio



