InicioOpiniones¿Coincidencias o modus operandi casos John F. Kennedy-Donald Trump?

¿Coincidencias o modus operandi casos John F. Kennedy-Donald Trump?

Llámese victimismo, “al trastorno paranoide de la personalidad​ en el que el sujeto adopta el papel de víctima a fin de, por un lado, culpar a otros de conductas propias y por otro, enarbolar la compasión de terceros como defensa a supuestos ataques”. También, este trastorno o modo de proceder, es llamado “el síndrome de echar la culpa”.

Vemos, cotidianamente y a través de la historia, que persisten los mismos patrones que aplican las estructuras de poder de manera cíclica y sistémica en torno a desarrollar las teorías del “enemigo externo”, dando siempre como buena y válida la misma, mostrando de manera masiva y constante elementos para tratar de convencer al público con los medios de propaganda que están bajo su sombra y control. Entretejen las eventuales causas que provocaron el evento de forma tal que se vean de la manera más convincente; pero, sin dejar ningún cabo suelto que pueda contrarrestar efectivamente los argumentos presentados como “verdad absoluta”. Toda contraposición a la misma se enfrentará a una serie de calificativos, que en realidad les corresponde a quienes enarbolan la propaganda con estos enfoques para que el público no mire en la dirección correcta; además, de ser censurada y satanizada, tildándola de“desinformación, propaganda falsa, obedecen a poderes externos, no es confiable, es manipulada y otras consideraciones que llueven como meteoritos en contra de quienes osan sustentarla, amén de los riesgos a los cuales se exponen.

Estas teorías son iniciadas, siempre, después de ocurrido el evento, con la propaganda de que “todos los servicios de seguridad del Estado tenían informaciones de que se produciría el evento”; pero, ¿Por qué, de ser así, no tomaron las medidas para evitarlo y por el contrario dieron espacio para que el hecho se materializara? Racionalmente, no hay ninguna explicación lógica que dicte tales aseveraciones; por el contrario, lucen ser parte integral del formato hacia el cual se enfocarán los argumentospara despistar sobre las verdaderas razones que condujeron para ejecutary llevar a cabo los planes para que se materializara el evento.

Yéndonos a aquel fatídico 22 de noviembre de 1963 a la Plaza Dealey, Dallas, Texas, donde fue asesinado John F. Kennedy, trigésimo quinto presidente de los Estados Unidos y quien fue conducido de manera clara hacia una emboscada cual presa para ser cazada trianguladamente con disparos certeros, basándose en la ubicación de la caravana, posiciones en la ruta, falta de cobertura en su seguridad y en la lenta velocidad del vehículo descapotado donde se desplazaba el presidente siguiendo un absurdo y mortal crucigrama para su seguridad.

La policía y el servicio secreto hizo caso omiso a las advertencias que les hicieron varias personas sobre avistamiento de “elementos sospechosos que portaban armas largas”. Muchos fueron conminados a retirarse del lugar y otros que fueron a declarar como testigos presenciales de los acontecimientos desarrollados ese nefasto día, de manera inexplicable, todos murieron en circunstancias sospechosas: suicidios, accidentes y desapariciones.

Dentro de un cuartel policial, Lee Harvey Oswald, es asesinado como si estuviera sentado en un parque, por Jack Ruby, quien también tuvo una muerte sospechosa por “suicidio” en la cárcel donde fue recluido.

¿Cómo es posible, que Oswald, teniendo de frente en una ventana del edificio a Kennedy, para un tiro limpio y seguro, no lo hiciera y que el servicio secreto pasare por alto y dejara ese edificio vulnerable para cualquier atentado, algo tan elemental en un anillo de seguridad?

Para la época del magnicidio, el vicepresidente Lyndon B. Jonhson, tenía una “seria investigación en curso en el Congreso” y este no era partidario de que Kennedy retirara las tropas de Vietnam y de la Península de Corea, anuncio que también irritó a los dueños de la industria armamentista los cuales habían puesto todos sus capitales fabricando armas y pertrechos militares, llevándolos a la quiebra. Kennedy aún estaba tibio, cuando Johnson asumió como presidente, ordenó en gran escala la continuación de la guerra, creó la Comisión Warren para “llevar las investigaciones del asesinato” y concomitantemente, las investigaciones en su contra se esfumaron.

La teoría del “enemigo externo” fueron centradas en Fidel Castro, los exiliados cubanos descontentos por lo de Bahía de Cochinos y en la mafia como posibles autores intelectuales y/o materiales del asesinato de Kennedy, porque “los servicios de seguridad del Estado tenían esas informaciones”.

En el caso del intento de asesinato perpetrado contra Donald Trump, se vislumbran hechos y eventos similares a los del caso Kennedy. Quizás es fruto de la pura casualidad de la vida.

En primer lugar, varias personas llamaron la atención a la policía y al servicio secreto, de que “un hombre había escalado a una azotea a escasa distancia donde estaba Trump y que llevaba un arma”, a cuyas advertencias las autoridades hicieron caso omiso y dejaron pasar por alto esas peligrosas denuncias.

En segundo lugar, fallos evidentes en el anillo de seguridad por parte del servicio secreto.

¿Es posible dejar una brecha frente a sus ojos para que se produjera el atentado desde el lugar donde el tirador hizo los disparos?

¿El principio primordial del francotirador no es mantenerse permanentemente con el ojo puesto en la mira telescópica de su arma para eliminar las amenazas al instante?

Ni un principiante, más el ingrediente de la responsabilidad tan grande que pesa sobre sus hombros en proteger la vida del posible presidente de Estados Unidos se hace el loco quitando el ojo de la mira telescópica para observar el objetivo a simple vista y luego disparar. Era como si se estaría percatando de que se ejecute el acto, dándole tiempo al enemigo para que actúe, para luego eliminarlo sin dejar cabo suelto. Es lo único que la lógica dicta al analizar el evento, sus actos iniciales y conclusivos. El francotirador tiene muy en cuenta las normas básicas en el cual descansa su entrenamiento para la supervivencia y respuestas eficaces: la posición de observación, reconocimiento, consistencia y disparo, reglas pasadas por alto en el caso Trump.

Paradojas las de la vida, en un mundo tan pequeño. Joe Biden, según se ha hecho de conocimiento público, también está en el ojo del escrutinio por las “supuestas implicaciones que lo relacionan con los casos de su hijo Hunter Biden”. Ahora, la teoría del enemigo externo se centra en “un alto oficial iraní, según las informaciones recabadas por las agencias de inteligencia y los servicios de seguridad del Estado”.

Trump ha expresado en varias oportunidades que saldrá de la OTAN y que terminará la guerra en Ucrania, situaciones que en nada les agrada a las grandes corporaciones, ni a los de la industria armamentística, aunque “del dicho al hecho hay tamaño trecho”.

Sólo faltaría para terminar de poner en una relación de estrecha identidadambos casos, que en el de Trump, ocurrieran otras circunstancias extrañas; y, sobre todo, “la bala mágica”, que fue algo sacado de la más absurda fantasía inimaginable. Si Estados Unidos tuviera “las balas mágicas”, no hubieran tenido ninguna baja ni habían perdido ninguna guerra, porque un solo pelotón fuera capaz de vencer a todos los ejércitos por más grandes que sean y equipados que estén. Con esas “balas mágicas” hubieran matado a todos los vietnamitas dentro de los túneles.Se inventaron una nueva y única rama inexistente de la física: la del engaño fantasioso.

Evidentemente, en ambos casos, hubo negligencia, intencional o no, en aplicar las reglas básicas que entraña a la seguridad presidencial frente a potenciales amenazas; normas que son idénticas para los candidatos presidenciales y para otros cargos electivos. Llevar a Kennedy a meterse en un laberinto, la seguridad no ocupar y tener el control del edificio bibliotecario en Texas, así como no tener el absoluto control del lugar donde escaló y se posicionó el tirador contra Trump, son elementos que pueden llevar a formarse una idea bastante clara de conspiración interna, tomando como puntos de partida las variables idénticas que subyacen como posibles causas para poner en marcha esos planes y del rol desempeñado por la entidad que tiene a su cargo velar por la seguridad presidencial y de los candidatos; desprendiéndose, una serie de interrogantes basadas en premisas fácticas, que apuntan en una dirección marcada por los hechos y que sobrepasan cualquier argumentación para cubrir esas irregularidades manifiestas.

En función de los dos nefastos acontecimientos y partiendo de las declaraciones para sustentar las “teorías del enemigo externo”, de las cuales se infieren, aparentemente, que es como si el servicio secreto, estuvo, estaba o está, bajo el control y dirección de Fidel Castro, de las mafias, de los exiliados cubanos descontentos por lo de Playa Girón y del alto oficial iraní, respectivamente.

La historia de los magnicidios y atentados contra presidentes en los Estados Unidos es larga y ojalá esto jamás vuelva a ocurrir. Que las posibles fallas, más allá de cualquier teoría de conspiración real o ficticia, sean subsanadas de manera drástica y efectiva. Que no sean violados los principios inherentes a la seguridad presidencial y de los candidatos, tomando muy en serio su misión con la actitud y aptitud en su psiquis dela existencia latente de un riesgo inminente de posibles ataques contra estos, sin tener que caer en la telaraña paranoide. Son cuestiones básicas para protegerles sus vidas, evitar posibles levantamientos y llevar tranquilidad a sus seguidores; pero, sobre todo, a la familia y evitar que la imagen del país siga deteriorándose interna y externamente de manera exponencial y constante. Esto sería un ideal deseo aplicable en todas las naciones, que contrastaría con las luchas de intereses que van más allá de los umbrales del verdadero valor de las vidas ajenas y del amor al prójimo; pero, “Nada de lo que es humano me es extraño”.

No se cómo es posible que alguien que sea un ser humano, si se le puede llamar así a alguien que amase grandes fortunas y tenga jugosas ganancias a costa de la destrucción, muertes y sangre derramada en demasía, promoviendo las guerras, por un lado, y por el otro, en campañas de “defensa de derechos humanos, progreso, bienestar, las libertades y del bien”, más sin embargo son promotores del caos, golpes de Estados, asesinatos, genocidios, terrorismo y del odio” a través del patrocinio y sustentación de diversas organizaciones a nivel mundial que propendan a garantizar sus intereses económicos a costa del sufrimiento ajeno.

¿Cómo pueden vivir, convivir y dormir bajo estas condiciones?;

¿Acaso por más dinero y poder que ostenten están conscientes que esto es pasajero, que nada es eterno en el mundo y con eso no van a conseguir la vida eterna?;

¿Creerán que se llevarán todo su poder, bienes y dinero consigo a la tumba?;

¿Construirán pirámides para meter todo eso y disfrutarlo en el más allá?

Las respuestas a todas estas interrogantes nos las muestra de una manera muy sencilla y simple Alejandro Magno, “El Grande” a través de tres peticiones que hizo a sus ministros cuando estaba en las postrimerías de su vida: “Quiero que los mejores médicos carguen mi ataúd para mostrar que no tienen ningún poder sobre la muerte; Quiero que el suelo sea cubierto por mis tesoros para que todos puedan ver que los bienes materiales que aquí se conquistan, aquí se quedan y quiero que mis manos queden fuera del ataúd para que las personas puedan ver que vinimos con las manos vacías y nos vamos con las manos vacías”. Cada quien con sus hechos que gane la gloria o arda en el infierno.

Por Jorge A. Abreu

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