NUEVA YORK.– Cientos de dominicanos se congregaron la tarde de este domingo en la majestuosa Catedral de San Patricio para participar en la solemne Celebración Eucarística en honor a Nuestra Señora de la Altagracia, organizada por la Arquidiócesis de Nueva York.
La ceremonia estuvo marcada por un ambiente de recogimiento, identidad cultural y profundo fervor mariano, donde la comunidad expresó su gratitud, fe y sentido de pertenencia en uno de los templos más emblemáticos de la ciudad.
La celebración tuvo como celebrante principal al Reverendísimo Joseph A. Espaillat II, Obispo Auxiliar de Nueva York, mientras que la homilía estuvo a cargo del P. Rumando Peralta, CRL, párroco de San Pedro / Santa María en Haverstraw. Concelebraron los reverendos Osiris Salcedo, Jorge Cleto, Starli Castaños, Jean Paul Devalcin, Steven González, Ambiorix Rodríguez, Sixto Quezada, Osvaldo Hernández, Félix Reyes, José Cruz y Darwin Rosario, junto a otros ministros del clero, fortaleciendo el carácter comunitario y pastoral del encuentro.
La devoción a la Virgen de la Altagracia se remonta a inicios del siglo XVI, cuando, de acuerdo con la tradición, una imagen de la Virgen con el Niño Jesús llegó a la región de Higüey traída desde España. Con el paso del tiempo, numerosos testimonios de favores y protección consolidaron su veneración entre los habitantes de la isla, hasta ser proclamada Patrona Espiritual del pueblo dominicano. Su imagen representa la maternidad, la esperanza y la protección divina, convirtiéndose en un símbolo de identidad nacional y fe colectiva.
El servicio litúrgico contó además con la participación de los diáconos Ángel Filpo, Rafael Taveras y Fernando Cortes, quienes acompañaron los distintos momentos de la celebración, incluyendo la proclamación de la Palabra y la Oración de los Fieles. Los fieles elevaron plegarias por la paz, la familia, los migrantes y el bienestar de la nación dominicana y su diáspora, destacando la Virgen de la Altagracia como madre protectora, intercesora espiritual y fuente permanente de esperanza.
Por Aquiles Rojas



