En pleno 2026, la República Dominicana sigue arrastrando una deuda histórica con su niñez. El castigo físico y otras formas de violencia disciplinaria continúan siendo prácticas comunes en muchos hogares. Con frecuencia, padres y cuidadores recurren a estas acciones como métodos para “corregir” o “educar” a sus hijos.
Estas prácticas pueden ir desde palmadas y nalgadas hasta golpes con objetos, como cinturones o chancletas, así como empujones y bofetadas, normalizando la violencia como herramienta de formación desde edades tempranas, produciendo un impacto en la salud mental de quienes la recién.
Antiguamente se pensaba que el castigo físico tenía un efecto educativo en los niños pero hoy sabemos que puede provocar efectos muy negativos en la esfera emocional y social. La práctica frecuente de la violencia daña la autoestima de los niños propiciando inseguridad y falta de autoconfianza lo que aumenta la sensación de soledad y abandono, además, suele formarse una concepción negativa de su entorno y de las personas llamadas a protegerlos
Más de seis de cada diez niños, niñas y adolescentes han sido sometidos a métodos violentos de disciplina dentro de sus propios hogares. No se trata de un problema marginal ni de casos aislados: es una realidad estructural que refleja fallas profundas en nuestro modelo social, educativo y cultural.
Datos de UNICEF y de la Oficina Nacional de Estadística (ONE) indican que alrededor del 63 % de los menores entre 1 y 14 años ha experimentado violencia física o psicológica como forma de “disciplina”. Más preocupante aún, entre los niños de 3 y 4 años la prevalencia puede acercarse al 70 %. Es decir, estamos normalizando la violencia en la etapa más vulnerable del desarrollo humano.
En términos concretos, cerca de la mitad de los niños entre uno y cinco años es sometida a castigos físicos. Estas prácticas violentas, que pueden generar psicotraumas, van desde golpes y nalgadas hasta gritos, azotes o sacudidas.
Justo en esa etapa se está formando el cerebro emocional y social del ser humano, por lo que las experiencias vividas dejan huellas profundas. Lo que se siembra en esos primeros años suele manifestarse luego en la adolescencia y en la adultez, influyendo en la forma en que la persona se relaciona, maneja conflictos y construye su identidad emocional.
Otro dato revela la dimensión cultural del problema: alrededor del 57 % de los padres dominicanos admite utilizar el castigo físico como método disciplinario. Muchos no lo hacen desde la maldad, sino desde la repetición de patrones heredados. Pero el origen cultural de una práctica no la convierte en correcta ni en saludable.
Los estudios científicos demuestran que el castigo físico no mejora el comportamiento. Los estudios muestran de manera concluyente que el castigo físico se asocia con consecuencias negativas de corto y largo plazo en el desarrollo de niñas, niños y adolescentes.
La violencia que se normaliza en el hogar es la misma que luego se expresa en las calles, en las escuelas, en las relaciones de pareja y hasta en la política. Un país que educa con miedo, forma ciudadanos que entienden la fuerza como forma legítima de autoridad.
La evidencia científica es clara. Diversos estudios y organismos internacionales, incluyendo la Organización Mundial de la Salud (OMS), coinciden en que el castigo físico no educa, no mejora la conducta y no fortalece el desarrollo infantil. Por el contrario, aumenta el riesgo de agresividad, ansiedad, baja autoestima y problemas de conducta.
Las evidencias científicas coinciden en que el castigo físico y la violencia verbal durante la infancia, no educa, no mejora la conducta ni fortalece el desarrollo infantil, por el contrario generan impactos profundos y duraderos en la salud mental de quienes las reciben, especialmente cuando ocurren en la infancia temprana. Debido a que estas prácticas aumentan el riesgo de ansiedad, depresión, inseguridad emocional y dificultades para manejar el estrés.
Al mismo tiempo, tienden a fomentar conductas agresivas, ya que el niño aprende que la violencia es un mecanismo válido para resolver conflictos. También afectan la autoestima, al asociar la corrección con dolor, humillación o rechazo, lo que puede trasladarse a la forma en que la persona se percibe y se relaciona en la adolescencia y la adultez.
Además, pueden impactar el desarrollo cognitivo y social, reflejándose en problemas de aprendizaje, dificultades para construir relaciones sanas y mayor probabilidad de reproducir ciclos de violencia en la vida futura. En esencia, lejos de educar, estas prácticas suelen dejar huellas emocionales que pueden acompañar a la persona durante toda su vida.
La buena noticia es que existen alternativas. Métodos de disciplina no violentos que son mucho más efectivos para garantizar el pleno desarrollo y el buen comportamiento de las niñas, los niños y los adolescentes. La disciplina positiva, basada en límites claros, comunicación respetuosa y consecuencias sin violencia, ha demostrado ser más efectiva para formar niños con autocontrol, empatía y responsabilidad. Países que han apostado por estos modelos muestran mejores indicadores de convivencia social y salud mental.
El ejemplo que les damos a nuestras niñas, niños y adolescentes se transforma en una de las mayores influencias para su comportamiento. Pero aquí debemos decir una verdad incómoda: la protección de la niñez no puede seguir siendo vista como un tema secundario ni como una responsabilidad exclusiva de las familias. Es un tema de desarrollo nacional.
No se trata de demonizar a los padres. Se trata de romper ciclos históricos de violencia que el país ha tolerado durante generaciones. Si queremos una sociedad menos violenta, más democrática y más humana, debemos empezar por cómo criamos a nuestros niños. La infancia dominicana no necesita más castigos. Necesita más Estado, más educación emocional y más compromiso colectivo.
Porque cada niño criado con miedo es un adulto que aprende a vivir desde el miedo. Y un país que se construye desde el miedo difícilmente puede construir un futuro justo. No basta con leyes. Ni discursos. Se necesitan políticas públicas sostenidas, campañas nacionales de educación en crianza, programas de apoyo familiar y un sistema educativo que forme también a los padres, no solo a los hijos.
Por Ramón Ceballo



