FLORIDA.- Primero lo primero: si queremos enfocar el tema desde una óptica seria y responsable, debemos reconocer que cuando los términos demócrata y republicano se refieren a partidos políticos determinados, la respuesta a la pregunta sería: ninguno. Dios no es un ser político partidario. La política partidaria se circunscribe al ámbito exclusivo de la sociedad humana, mientras que los asuntos divinos se elevan muy por encima de los asuntos humanos particulares.
Sin embargo, esto no quiere decir que Dios adopte una postura ajena, apática e indiferente a la problemática humana en particular. Dios se interesa, influye y participa a su modo y manera, en todo lo que tiene que ver con los seres humanos, desde los asuntos más simples y cotidianos hasta las situaciones más complejas y desafiantes a las que tenemos que enfrentarnos las personas, ya sea como individuos o como sociedad.
En ese sentido, la pregunta inicial debe ser reenfocada y replanteada para que tenga sentido. En ves de preguntarnos si Dios es demócrata o republicano, lo que tenemos que preguntarnos es ¿Cuál de las dos tendencias política partidarias se alinea más adecuadamente con los principios, postulados y normas de vida establecidos por Dios?
Planteado de esta manera el tema cobra una importancia capital. Mi preferencia política partidaria debe reflejar los principios y normas de vida a los que yo me suscribo. La política partidaria no es como en los deportes, por ejemplo.
Una persona dice ser de Los Yankees, pero cuando tú le preguntas por qué no te puede dar una razón existencial para justificar su preferencia. Puede decir que le gusta porque vive en New York, que uno de los jugadores es de su país, que un amigo o familiar trabaja en el Yankee Stadium, etc. No importa la razón; es un asunto de fanatismo, y eso está bien cuando se trata de deportes, pero no suena nada bien cuando se refiere a asuntos políticos.
Mi participación en las decisiones políticas partidarias es un asunto de extrema importancia y por lo tanto yo debe encararlo con toda la seriedad y el rigor que el asunto requiere. Debo tener una convicción o una razón fundamental por la me decido apoyar y a votar por un determinado candidato. Tengo el derecho de hacerlo por quien yo quiera, pero ese derecho debo ejercerlo con madurez y responsabilidad.
POR HUGO R. GIL



