InicioOpiniones¿Es la religión el opio de los pueblos?

¿Es la religión el opio de los pueblos?

FLORIDA.– Se le atribuye al filósofo y critico alamán Karl Marx el aforismo “La religión es el opio de los pueblos”. ¿Qué tan cierta es esa afirmación? Para lograr hacernos una idea certera de lo que quiso decir y de si tenía razón o no, tenemos que entender claramente el significado que para los tiempos de Marx tenían los términos religión y opio.

Según el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua opio significa; “sustancia amarga y de olor fuerte que se extrae de la adormidera verde (una especie de planta) y se utiliza como droga estupefaciente. Es una sustancia (sigue definiendo el diccionario) estupefaciente, adictiva y narcótica de la cual se derivan sustancias como la morfina”.

Claramente debemos entender que cuando Karl Marx comparaba la religión con el opio no se estaba refiriendo al significado biológico o físico del opio. Marx hacía uso metafórico de la palabra opio. Su idea era que, así como la sustancia del opio servía para anestesiar el estado de la conciencia, los sentimientos y la capacidad de decisión de las personas, la religión, según él, servía para adormecer la conciencia de la clase oprimida en su lucha necesaria contra el sistema de opresión.

Mark sigue afirmando que el sistema religioso ofrece al sufrido una esperanza en la vida del más allá, en vez de luchar por cambiar las condiciones de la vida presente. La religión, según el filósofo alemán, es un bálsamo metafísico para el sufrimiento real en el universo y la sociedad.

Un análisis histórico social del rol de las religiones en la vida de la sociedad, salvo contadas excepciones, le daría la razón a Karl Marx en ese sentido. Nosotros hemos podido ver a través de la historia como el papel de muchas sectas y religiones tradicionales se ha reducido a tratar de sumergir al adepto en una especie de burbuja de cristal en la que se le ayuda a escapar de la realidad que le circunda. Es famosa la frase “Pare de Sufrir” usada profusamente por una secta de origen brasileño en este sentido escapista.

Una de las metas de la religión tradicional es desfasar al creyente de la realidad y tratar de evitar que este piense, analice o critique las practicas de los lideres. La secta de los testigos de Jehová, por ejemplo, tiene como doctrina el impedimento de que sus seguidores participen en deberes de la sociedad como honrar los símbolos patrios o la participación directa en ciertas medidas sociales orientadas al bien común. Esto ha servido de caldo de cultivo a los abusos y maltratos religioso en todos los sentidos. El descrédito de los lideres religiosos en la actualidad habla por sí solo.

Esto ha generado una ola gigantesca en cuanto a la crisis de fe que vive el mundo en la actualidad. Las prácticas corruptas dentro de las religiones al permitir que sus lideres abusen de la feligresía ha hecho que las personas se aparten de estos grupos y abandonen en masa los ámbitos de las iglesias.

Ahora bien, ¿quiere esto decir que Marx tenía toda la razón al definir la religión como el opio de los pueblos? ¿significa esto que no hay razón para tener fe y esperanza en una vida mejor en el futuro? ¿Son las promesas de la Biblia poco creíbles en ese sentido?

Para concluir debemos precisar que, aunque Marx tenía razón en su análisis de un sistema religioso corrupto, no pudo establecer una diferencia fundamental entre lo que es la religión y la fe genuina basada en una relación personal con Dios. Él tuvo el inconveniente de enfocarse sólo en el sistema religioso y no poder entender que la fe genuina no consiste en hacerse adepto a una secta, iglesia o grupo religioso.

La fe verdadera no da lugar a la falta de responsabilidad persona en participar como agente dinámico en la sociedad. La misma Biblia señala en el Libro de Santiago que la fe sin obra es muerta. Esto quiere decir que debe haber una unidad inseparable entra la fe y la acción. De esta manera fe dejaría de ser simplemente una religión humanamente diseñada y se convertiría en lo que siempre debió ser: una relación personal y directa con Dios; no una religión, sino una forma de vida.

Por Hugo R. Gil

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