SANTO DOMINGO, RD.- El amaneramiento representa uno de los marcadores más visibles y persistentes del trastorno de la personalidad esquizotípica, un patrón de comportamiento que se sitúa en el espectro de la esquizofrenia sin llegar a la psicosis franca.
Este fenómeno se manifiesta con movimientos corporales inusuales, rígidos o exagerados que no responden a un propósito funcional claro, sino que emergen como expresión involuntaria de una organización interna peculiar. En el contexto clínico el amaneramiento no es un simple tic tac ni una afectación neurológica primaria, sino un rasgo endógeno que revela una desconexión entre la intención motora y la ejecución fluida, lo que lo convierte en un signo de diagnóstico de alta especificidad. Su presencia invita a una reflexión profunda sobre cómo la personalidad esquizotípica altera no solo el pensamiento, sino también la corporeidad misma, transformando el cuerpo en un escenario de excentricidad sutil pero inconfundible.
La personalidad esquizotípica, se define, según los criterios diagnósticos establecidos, por un patrón estable de déficit sociales, cognitivos y perceptuales que incluyen ideas de referencia, creencias mágicas y experiencias perceptivas inusuales.
- Dentro de este recuadro, el amaneramiento motor figura como un componente del criterio de “comportamiento o apariencia excéntrica”.
No se trata de una mera rareza superficial, sino de una manifestación motora que refleja la misma fragmentación que opera en el plano cognitivo: una disociación entre el Yo y el Mundo Externo que se traduce en gestos que parecen desconectados de la interacción social esperada. Esta característica diferencia al individuo esquizotípico de otras personalidades del Espectro A, donde la evitació o la suspicacia predominan sin necesariamente alterar la motricidad de forma tan marcada.
Desde el punto de vista fenomenológico, el amaneramiento motor adopta formas diversas: una marcha irregular y cuasi “flotante”, posturas corporales mantenidas de manera antinatural durante minutos, gestos manuales repetitivos y estereotipados que acompañan una comunicación no verbal con un significado comunicativo que detectamos al instante.
Estos movimientos no son voluntarios ni conscientes; surgen de una alteración en la integración sensoriomotora, donde el sistema nervioso central genera patrones motores que escapan al control ejecutivo habitual.
Analíticamente, este signo revela una vulnerabilidad del neurodesarrollo temprano, similar a los “soft signs” neurológicos observados en el continuum esquizofrénico, y su persistencia a lo largo de la adultez, lo que convierte en un indicador estable de la estructura de la personalidad subyacente.
La relación entre el amaneramiento y la excentricidad general no es casual, sino estructural. El individuo esquizotípico experimenta el mundo como amenazante o impredecible, y el cuerpo responde con una motricidad que refleja esa incertidumbre interna: movimientos que parecen “ensayados” o teatrales, pero que carecen de naturalidad. Esta desconexión motora refuerza el aislamiento social, ya que los interlocutores perciben el comportamiento como extraño o inquietante, lo que a su vez alimenta el retraimiento del sujeto. Así, el amaneramiento no es un síntoma aislado, sino un elemento que mantiene y amplifica el ciclo de disfunción interpersonal característico del trastorno.
En el plano neurobiológico, el amaneramiento motor se asocia con disfunciones en circuitos fronto-estriatales y cerebelosos, regiones clave en la planificación y la ejecución motora automática.
Estudios de neuroimagen han mostrado alteraciones en la materia blanca y en la conectividad funcional de estas áreas en individuos con rasgos esquizotípicos elevados, sugiriendo que la alteración no es puramente psicológica, sino que se tiene un sustrato cerebral concreto. Esta base biológica explica el por qué el amaneramiento persiste incluso en períodos de estabilidad emocional y por qué responde limitadamente a intervenciones puramente psicotera-péuticas sin abordar el componente sensoriomotor.
Desde el diagnóstico diferencial, el amaneramiento motor adquiere un valor clínico decisivo. Permite distinguir la personalidad esquizotípica de trastornos como el autismo de alto funcionamiento — donde los movimientos repetitivos son más estereotipados y ritualizados — o del trastorno obsesivo compulsivo, en el que los gestos responden a compulsiones conscientes.
El impacto funcional del amaneramiento motor trasciende lo observable. En el ámbito laboral y relacional, estos movimientos generan estigmas sutiles que limitan las oportunidades de integración social y profesional. El sujeto puede ser percibido como “raro” o “incómodo”, lo que refuerza su tendencia al aislamiento y aumenta la probabilidad de comorbilidad depresiva o ansiosa.
Desde el punto de vista analítico, el amaneramiento subraya la necesidad de intervenciones que no solo aborden los síntomas cognitivos, sino que incorporen estrategias de reducación motora y conciencia corporal para mitigar su efecto disruptivo en la vida cotidiana.
Los enfoques terapéuticos que han demostrado mayor eficacia incluyen la terapia cognitivo-conductual adaptada al espectro esquizotípico, combinada con intervenciones de entrenamiento motor y mindfulness corporal. Técnicas como la terapia de aceptación y compromiso o programas de rehabilitación neuropsicológica orientados a la integración sensoriomotora ayudan al paciente a reconocer y modular estos patrones sin generar mayor angustia.
POR ROBERTO RIMOLI



