InicioOpinionesJoaquín Balaguer: el gran precursor de la conservación ambiental dominicana

Joaquín Balaguer: el gran precursor de la conservación ambiental dominicana

SANTO DOMINGO, RD.- Este 1 de septiembre se cumplen 120 años del nacimiento del doctor Joaquín Balaguer, una de las figuras de mayor gravitación en la historia política dominicana del siglo XX.

Durante el período que le tocó vivir, 1906-2002, Balaguer desarrolló una extensa vida pública que lo llevó a ocupar en diferentes períodos la Presidencia de la República y a ejercer una influencia determinante sobre la transformación material e institucional de nuestro país.

Como sucede con toda personalidad histórica de semejante dimensión, su obra admite diferentes juicios e interpretaciones. Pero existe una faceta de su pensamiento y de sus gobiernos que merece ser examinada con especial atención en esta fecha conmemorativa: su extraordinaria preocupación por la preservación de los bosques, las montañas, los ríos, las cuencas hidrográficas, la flora y la fauna nacionales.

¿Podría considerarse a Joaquín Balaguer como uno de los padres de la conservación de la foresta y de los recursos naturales de la República Dominicana?

Los hechos y la legislación promulgada durante sus gobiernos aportan abundantes argumentos para responder afirmativamente.

El propio Balaguer resumió esa visión en su discurso ante la Asamblea Nacional del 27 de febrero de 1987:

“Mi programa en síntesis, si alguno se me permitiera tener, se resumiría así: preservar la foresta a como dé lugar, conservar los parques nacionales, la flora, la fauna, las corrientes fluviales, los ríos, los bosques y las cordilleras […] conservar, en una palabra, la tierra, la ecología, la vida”.

  • Aquello no constituía simplemente una expresión retórica.

Mucho antes de que conceptos como desarrollo sostenible, cambio climático, seguridad hídrica o biodiversidad se incorporaran de manera cotidiana al lenguaje político mundial, Balaguer había comprendido una ecuación elemental para el futuro de una pequeña nación insular:

sin montañas protegidas desaparecen los bosques; sin bosques se deterioran las cuencas; sin cuencas disminuyen los ríos; y sin agua se comprometen la agricultura, la energía, el abastecimiento humano y la vida misma.

  • Una preocupación que venía de lejos

Después de la desaparición física de Rafael Leónidas Trujillo en 1961, Balaguer asumió plenamente el ejercicio de la Presidencia en medio de una de las mayores convulsiones políticas de nuestra historia contemporánea.

Aun en aquellas circunstancias, la protección de los recursos naturales estuvo presente entre las preocupaciones del Estado.

El 19 de julio de 1961 promulgó la Ley núm. 5579, mediante la cual se declaró zona vedada una importante extensión de terrenos de la loma Alto de la Bandera, en Constanza.

Uno de los considerandos de aquella disposición definía la riqueza forestal como uno de los patrimonios más valiosos de la República y la vinculaba directamente con la conservación de las corrientes fluviales indispensables para el regadío y otros usos.

Allí estaba ya delineada una concepción que acompañaría a Balaguer durante décadas: proteger el bosque era proteger el agua.

  • La ofensiva contra la deforestación

Cuando retornó a la Presidencia de la República en 1966, esta vez mediante el voto popular, el país padecía las consecuencias de décadas de intensa explotación maderera.

Los grandes aserraderos habían convertido los bosques dominicanos en fuente de enormes beneficios económicos. Detrás de aquella actividad existían poderosos intereses y familias de considerable influencia social y económica.

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Balaguer decidió enfrentarlos. Las severas restricciones impuestas a la explotación de nuestros bosques y el cierre de los aserraderos constituyeron un punto de inflexión en la historia forestal dominicana. Detener las sierras era, sin embargo, solamente una parte de la tarea. Había que recuperar lo perdido.

El 15 de marzo de 1967 fue promulgada la Ley núm. 104, que declaró de alto interés patriótico una activa y permanente campaña de reforestación en todo el territorio nacional.

La expresión utilizada por el legislador resulta reveladora: interés patriótico.

La defensa del bosque dejaba de concebirse solamente como una cuestión técnica para elevarse a la categoría de responsabilidad nacional.

Ese mismo año se adoptaron medidas adicionales para fortalecer la capacidad del Estado de hacer cumplir la legislación forestal, incorporándose a las Fuerzas Armadas y a la Policía Nacional a las labores de vigilancia, conservación, restauración y fomento de nuestros bosques.

Balaguer comprendía algo igualmente elemental: de poco servían las leyes ambientales si el Estado carecía de autoridad para hacerlas cumplir.

  • Los Haitises y la construcción de una política de áreas protegidas

El 10 de enero de 1968 fue promulgada la Ley núm. 244, que creó la Reserva Forestal Zona Vedada de Los Haitises.

La disposición estableció fuertes restricciones contra el corte, destrucción y quema de árboles y plantas y contra actividades incompatibles con la preservación de aquel extraordinario ecosistema.

Los Haitises se convertirían posteriormente en Parque Nacional y su protección sería fortalecida y ampliada.

Aquella preocupación conservacionista no se limitó a Los Haitises. Durante los años siguientes fueron protegidos otros espacios naturales y se fortaleció la estructura institucional encargada de administrarlos.

En 1974 fue declarada área protegida la Isla Cabritos, en el lago Enriquillo, y ese mismo año se creó la Dirección Nacional de Parques.

En 1975 se estableció el Parque Nacional del Este, incluyendo dentro de aquella gran área natural el extraordinario patrimonio de la isla Saona y su entorno.

En 1976 se fortaleció nuevamente la protección de Los Haitises y también se instituyó el Jardín Botánico Nacional Dr. Rafael María Moscoso, concebido como centro de investigación, educación, cultura y conservación de la flora nacional.

Poco a poco se iba levantando el andamiaje institucional y territorial sobre el cual las generaciones siguientes continuarían construyendo el sistema dominicano de áreas protegidas.

  • 1977: proteger las montañas para salvar el agua

El 28 de mayo de 1977 constituye una fecha particularmente importante dentro de esta historia.

Ese día fueron promulgadas dos disposiciones de extraordinaria trascendencia para la conservación de nuestros recursos forestales e hídricos: las leyes números 627 y 632.

Mediante la primera se declaró de alto interés nacional la protección de extensas áreas de los principales sistemas montañosos del territorio dominicano.

La protección alcanzaba zonas de la Cordillera Central y de las sierras de Bahoruco, Neiba, Martín García y Yamasá, así como de las cordilleras Oriental y Septentrional.

La segunda disposición fue todavía más categórica. La Ley núm. 632 prohibió el corte o tala de árboles en las cabeceras de los ríos y arroyos que alimentan las cuencas hidrográficas del territorio nacional.

La lógica volvía a ser la misma: para conservar el río había que proteger primero el bosque donde nacía.

Vista casi medio siglo después, aquella disposición adquiere una actualidad extraordinaria. Hoy hablamos constantemente de proteger las “fábricas de agua”. Eso era precisamente lo que perseguían aquellas medidas: preservar las montañas y su cobertura forestal para garantizar la permanencia de las fuentes hídricas.

  • Las presas: almacenar el agua para el desarrollo

Pero la visión de Balaguer sobre el agua no terminaba en las cabeceras de los ríos.

Durante sus gobiernos se desarrolló una parte fundamental de la gran infraestructura hidráulica de la República Dominicana.

Presas, embalses, canales y sistemas de riego permitieron almacenar y regular enormes cantidades de agua con múltiples propósitos: irrigar tierras agrícolas, abastecer acueductos, generar electricidad, regular caudales y reducir los efectos de las inundaciones y las sequías.

La política hidráulica y la política forestal formaban así parte de una misma concepción del desarrollo: la montaña recibe el agua, el bosque protege la cuenca, el río transporta el recurso, la presa lo almacena y regula y el Estado lo pone al servicio de la sociedad.

Era una visión en la cual conservación y desarrollo no tenían necesariamente que ser enemigos.

  • Del carbón y la leña al gas propano

Existe otro aspecto de aquellos años que pocas veces se analiza desde la perspectiva ambiental: la progresiva sustitución de la leña y el carbón vegetal por el gas licuado de petróleo para cocinar en los hogares dominicanos.

Durante generaciones, una parte importante de la población había dependido directamente de los árboles para obtener el combustible necesario para preparar sus alimentos.

Detrás de cada saco de carbón había madera extraída de nuestros montes.

La expansión del uso doméstico del GLP contribuyó a reducir paulatinamente aquella dependencia y, con ella, una fuente cotidiana de presión sobre la cobertura forestal.

Fue una transformación energética y social que también produjo importantes consecuencias ambientales.

  • El retorno de 1986

Cuando Joaquín Balaguer regresó al Palacio Nacional el 16 de agosto de 1986, después de ocho años fuera del poder, la situación de numerosas zonas forestales volvió a ocupar un lugar prioritario en su agenda.

Se intensificaron las acciones contra la tala ilegal, la producción clandestina de carbón, las ocupaciones y la expansión agrícola dentro de áreas forestales y protegidas.

En aquel contexto adquirió notoriedad la denominada Operación Selva Negra, en la cual desempeñó un papel destacado el entonces coronel Iván Aquiles Hernández Oleaga, posteriormente jefe de Estado Mayor del Ejército Nacional y secretario de Estado de las Fuerzas Armadas.

Algunas de las modalidades empleadas durante aquellas campañas pueden y deben ser examinadas a la luz de los criterios institucionales y sociales de nuestro tiempo.

Pero resulta difícil negar la decisión política que las impulsaba: impedir que continuara la destrucción de zonas boscosas consideradas esenciales para la seguridad hídrica y ecológica de la República Dominicana.

Durante esa última etapa de diez años se adoptaron nuevas disposiciones para la conservación de los bosques, manglares, cuencas y ecosistemas.

En 1987 fue establecido, además, el Servicio Forestal Obligatorio, otra expresión de la importancia que el gobierno otorgaba a la recuperación y protección de la foresta.

  • Un legado que llegó hasta el último gobierno

Quizás una de las mejores demostraciones de que aquella preocupación no fue circunstancial se encuentra casi al final de su último período presidencial.

En 1995 se adoptaron medidas destinadas a fortalecer la protección de playas, arrecifes y recursos naturales costeros y marinos.

Y en 1996, mediante el Decreto núm. 233-96, se produjo una de las reorganizaciones más importantes de las áreas protegidas dominicanas de aquel período.

Se crearon nuevos parques nacionales, reservas científicas y biológicas, monumentos naturales, refugios de fauna silvestre, vías panorámicas y corredores ecológicos; se ampliaron áreas ya existentes y se incorporaron criterios internacionales de clasificación para la conservación.

Entre las áreas creadas o fortalecidas figuraron Valle Nuevo —Parque Nacional Juan Bautista Pérez Rancier—, Sierra Martín García, La Humeadora, Lago Enriquillo, Los Haitises y Sierra de Bahoruco, junto a numerosas reservas y monumentos naturales.

Es decir, entre aquella protección de Alto de la Bandera en 1961 y las grandes disposiciones conservacionistas de 1996 transcurrieron 35 años.

Treinta y cinco años durante los cuales, en las distintas ocasiones en que ejerció el poder, la conservación de los recursos naturales apareció reiteradamente en las decisiones de Joaquín Balaguer.

Un ambientalista antes de que el medioambiente fuera una causa universal

Sería históricamente incorrecto atribuir a una sola persona el nacimiento de la conservación ambiental dominicana.

Antes de Balaguer existieron importantes disposiciones de protección forestal, y después de sus gobiernos otras administraciones, instituciones, científicos, técnicos, organizaciones ambientalistas y comunidades continuaron desarrollando y modernizando esa tarea.

También sería anacrónico atribuirle íntegramente la concepción ambiental del siglo XXI.

Hoy el medioambiente comprende asuntos como cambio climático, contaminación atmosférica, residuos sólidos, protección de los océanos, transición energética, biodiversidad, ordenamiento territorial, participación ciudadana y sostenibilidad urbana.

Pero reconocer esas realidades no disminuye su legado.

Por el contrario, permite valorarlo en su verdadero contexto histórico.

Balaguer identificó tempranamente dos recursos cuya preservación resultaba decisiva para el futuro dominicano: el bosque y el agua. Y comprendió que eran inseparables: para él, la montaña no era simplemente un accidente geográfico ni el bosque una reserva de madera, eran las grandes fábricas naturales del agua dominicana.

  • A 120 años de su nacimiento

Este 1 de septiembre de 2026, cuando conmemoramos el 120 aniversario del nacimiento del doctor Joaquín Balaguer, es oportuno recordar esa dimensión de su legado.

La historia tiene la obligación de examinar a sus protagonistas en toda su complejidad. Balaguer gobernó durante períodos extensos y controvertidos de nuestra vida republicana y, como toda figura que ejerció tanto poder durante tanto tiempo, su trayectoria admite luces, sombras y diferentes interpretaciones.

Pero la valoración crítica de un estadista no exige desconocer sus realizaciones.

En materia de conservación forestal, protección de cuencas hidrográficas, creación y ampliación de parques nacionales, reforestación, infraestructura hidráulica y preservación de importantes ecosistemas, la obra de Joaquín Balaguer dejó una profunda huella sobre el territorio dominicano.

Por eso, 120 años después de su nacimiento, considero legítimo plantear la pregunta:

¿Merece Joaquín Balaguer ser reconocido como el gran precursor de la conservación forestal y uno de los padres de la política ambiental dominicana?

Las leyes que promulgó, los parques que protegió, las cuencas que puso bajo tutela del Estado, las presas que impulsó y los bosques cuya destrucción trató de impedir constituyen argumentos poderosos para responder afirmativamente.

Pero acaso la mejor síntesis de su pensamiento ambiental la dejó él mismo.

“Preservar la foresta a como dé lugar”, proclamó ante la Asamblea Nacional.

Y terminó resumiendo su propósito en unas pocas palabras:

“Conservar, en una palabra, la tierra, la ecología, la vida”.

A ciento veinte años de su nacimiento, esas palabras conservan una extraordinaria vigencia.

Porque proteger el bosque sigue siendo proteger el río.

Proteger el río sigue siendo proteger el agua.

Y proteger el agua es, en definitiva, proteger la vida y garantizar el futuro de la República Dominicana.

Por Héctor Rodríguez Pimentel

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