SANTO DOMINGO, RD.- El poder, cuando se ejerce sin límites, puede convertirse en un veneno silencioso que corroe la mente. Históricamente hemos visto cómo figuras de autoridad, específicamente políticos, sucumben a los efectos intoxicantes del control absoluto. El ego, inflado por la adulación constante y falta de contrapesos, comienza a distorsionar la percepción de la realidad. Este fenómeno no es solo una cuestión de carácter, sino un proceso psicológico que puede desencadenar comportamientos patológicos desde el narcisismo hasta la paranoia.
Los políticos en particular operan en un entorno que fomenta inconsciente el egocentrismo. La constante exposición a la atención pública, las alabanzas de seguidores y la capacidad de influir en vidas ajenas alimentan una sensación de invulnerabilidad. Este contexto puede llevar a lo que los psicólogos denominan Síndrome de hybris, un trastorno caracterizado por una autoestima desmesurada, desprecio por los demás y una desconexión de la empatía. Ejemplos históricos como Nerón, o en tiempos modernos, líderes que ignoran críticas y se aferran al poder, ilustran cómo el ego desbocado puede nublar el juicio.
El exceso de poder también genera un aislamiento progresivo. Los políticos, rodeados de asesores más babosos que un himen complaciente alejados de la realidad cotidiana tienden a perder la capacidad de autocrítica. Este aislamiento refuerza una visión distorsionada de sí mismos como figuras casi divinas incapaces de errar. La falta de cuestionamiento externo alimenta la megalomanía, un rasgo que puede evolucionar hacia decisiones irracionales o destructivas, tanto para ellos como para los partidos que lideran.
La ciencia respalda esta conexión entre poder y deterioro mental. Estudios en neuropsicología han demostrado que la exposición prolongada a entornos de poder desregula los sistemas de dopamina en el cerebro, aumentando comportamientos impulsivos y reduciendo la empatía. En los políticos, esta alteración puede manifestarse en discursos grandilocuentes (Leonel Fernadez), promesas imposibles (Pedro Rosselló) o incluso en justificación de actos tan memorables como necesarios para un “bien mayor”. El Ego, entonces, se convierte en un motor de autodestrucción.
Otro factor es el estrés crónico asociado al poder (Danilo Medina), con su mancha rojiza en el rostro. Aunque parezca paradójico, los líderes enfrentan una presión constante para mantener su imagen y control. Esta tensión puede derivar en ansiedad, insomnio o paranoia, especialmente cuando perciben amenazas a su autoridad (Faride Raful), políticas que ven conspiraciones en cada crítica o que desconfían incluso de sus aliados más cercanos son ejemplos de cómo el poder, lejos de fortalecer, puede fragilizar la psique hasta el borde de la ruptura.
La historia está repleta de casos que ilustran esta relación. Desde dictadores que terminaron recluidos en la locura hasta líderes democráticos que, cegados por su ego, tomaron decisiones catastróficas. El común denominador es la incapacidad de reconocer los límites de su poder y la negativa a escuchar voces disidentes (Balaguer). Este rechazo a la humildad no solo daña al individuo, sino que arrastra a naciones enteras hacia el caos -como por ejemplo Haití -, evidenciando el peligro de un ego descontrolado.
La sociedad también juega un papel en este ciclo. La veneración ciega hacia los líderes, la falta de rendición de cuentas y la tolerancia a comportamientos egocéntricos perpetúan el problema.
Cuando los ciudadanos o los medios normalizan actitudes narcisistas en los políticos, se crea un caldo de cultivo para que el poder se transforme en una patología. Romper este ciclo requiere una cultura que valore la humildad y exija responsabilidad tanto en los líderes como de quienes los sostienen.
El Exceso de poder no solo es un problema ético, sino una amenaza para la salud mental de quienes lo detentan. Los políticos, muchos atrapados en la espiral de su propio ego, pueden convertirse en víctimas de su entorno, pero también en catalizadores de sufrimiento colectivo (Juan Pablo Duarte). Reconocer esta dinámica es el primer paso para fomentar liderazgos más equilibrados y sociedades que no idolatren el poder, sino que lo regulen con sabiduría y buena dosis de humanidad.
Por Roberto Rimoli



