sábado, junio 25, 2022
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Lloro por ti, Ucrania

La confrontación bélica que se desarrolla actualmente en Ucrania, más allá de las alegaciones geopolíticas y los fervores nacionalistas (e inclusive de los reactivos alineamientos internacionales que le han sucedido), es un infausto y deleznable espectáculo de sangre, fuego, muerte y destrucción que lacera la conciencia y debería constituirse en motivo de bochorno para todos los habitantes del planeta.

Y es que toda guerra, sin importar sus causas ni los intentos político-ideológicos de legitimación, es en esencia una expresión del fracaso de la humanidad y de la victoria de la animalidad: implica no sólo un retorno del ser humano a la época de la barbarie y del desprecio por la vida, sino también un desmentido a sus tan perifoneados progresos espirituales y un reconocimiento de su incapacidad para dirimir pacíficamente sus diferencias y convivir de manera civilizada.

Por supuesto, en esta ocasión los hechos han sido elocuentes: aunque cierta lógica político-geográfica pudiera explicar la aparatosa incursión armada de Rusia en territorio ucraniano (porque no es la primera vez que una potencia invoca móviles de seguridad interna para yugular a un gobierno vecino que es aliado de sus adversarios o que simplemente no es de sus “afectos”), es obvio que estamos en presencia de una acción de talante abusivo y proyecciones genocidas que resulta inadmisible para quienes defendemos la libertad, la democracia y el derecho a la autodeterminación de los pueblos.

No se trata, valga la precisión, de asumir posturas de coyuntura en este siglo de adhesiones basadas en los intereses: en realidad, es una cuestión que remite a principios, que responde al más elemental sentido de la equidad, que implica una actitud de conciencia y, también, que pone a prueba la coherencia social o personal: quienes criticaron las invasiones de los Estados Unidos en América Latina al despuntar el siglo XX, las de éstos y la URSS durante la Guerra Fría, o las de la OTAN más recientemente en países del Medio Oriente, ¿cómo podrían, sin situarse de espaldas a la verdad y magullar las convicciones democráticas, no hacerlo con la que se está ejecutando en Ucrania?

Y no confundamos la gimnasia con la magnesia: al margen de las raíces populistas, etnogermánicas y antieslavas que pudieran tener las posturas del gobierno de Volodímir Zelenski (por lo cual han concitado el apoyo casi total de los ucranianos patriotas de origen no ruso, de los neonazis y de los devotos de Stepán Bandera, el líder autoritario y ultranacionalista asesinado por la KGB en 1959), hay algo que a la luz del ordenamiento jurídico internacional no debería estar en discusión: el derecho de Ucrania a pertenecer a los bloques o las entidades multilaterales que juzgue convenientes.

(La actual “nomenclatura” rusa y parte de la izquierda política tradicional del mundo le estrujan en el rostro a Zelenski el respaldo que está recibiendo de manera militante de la ultraderecha ucraniana, pero silencian que Vladimir Putin es un dirigente derechista que dirige un partido chauvinista y de miras imperiales cuya principal base de apoyo es una variopinta alianza de descendientes renegados de la antigua burocracia soviética, oligarcas multimillonarios de nueva y oscura estofa, mafiosos de la era poscomunista, grupos ultranacionalistas y antisemitas, y políticos y militares de la vieja escuela totalitaria que reivindican nostálgicamente el “esplendor” de la “Madre Rusia”).

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En todo caso, hay que retornar a la verdadera cuestión sobre el tapete: la invasión rusa ha puesto de manifiesto una vez más que hay gente en el mundo que sigue siendo insensible frente al dolor ajeno y, todavía más inverosímil, carece en absoluto de responsabilidad política y de horizonte estratégico: por enésima ocasión los que se consideran dueños del planeta, haciendo caso omiso a los ruegos pacifistas y a las reclamaciones humanísticas, imponen sus amaneramientos de enfoque globalista, que -como es harto sabido- tienen un fondo económico y casi siempre comportan interpretaciones históricas torcidas, con el propósito de hacer valer sus apuestas ideológicamente totalitarias.

(Se recuerda, para los fines de rigor, que el totalitarismo no es sólo un rasgo distintivo de los autoritarismos de toda laya, sino que también tiene otra proyección fáctica: entraña una visión patriotera, unidimensional y providencialista de la realidad propia -ideas, instituciones, procesos, etcétera- y una tendencia a imponerla en otras latitudes en desconocimiento de la cultura, las tradiciones o los deseos de los demás, y que por lo tanto puede eventualmente expresarse tanto entre aquellos como entre los demócratas y los libertarios).

Y otra cosa: como en toda guerra, en la ruso-ucraniana la primera víctima ha sido y sigue siendo la verdad, y por ello hemos observado un abrumador circo de desinformación en el que las partes promueven embustes de todo tipo tanto a través de los medios convencionales como de los digitales, censuran o prohíben la difusión de los puntos de vista del contrario y sobredimensionan los resultados de sus actuaciones en el campo de batalla. En este sentido, y que se nos disculpe la franqueza, todos son unos infames y deliberados patrañeros.

Por otra parte, no es ocioso insistir en que el argumento de la “seguridad nacional”, que es el fundamental invocado por el gobierno ruso para intentar justificar su incursión militar en territorio de Ucrania, lo conocemos de sobra en América porque aquí hasta se convirtió en una matriz de política exterior (primero conocida como “Doctrina Monroe”, luego como “Doctrina del Destino Manifiesto”, más adelante como “Corolario Roosevelt”, y en los últimos tiempos como “Doctrina de Seguridad Nacional”) bajo cuya racionalidad muchos gobiernos fueron derrocados y múltiples países resultaron invadidos y descuartizados a través de la liquidación de sus instituciones políticas.

Más aún: conviene recordar que durante la “crisis de los cohetes” de octubre de 1962, los Estados Unidos y sus aliados europeos adoptaron la misma postura que hoy tiene Rusia frente a Ucrania (reclamo de neutralidad frente a los bloques internacionales, y deseo manifiesto de que no quiere tropas y armamentos de un adversario político-militar en las inmediaciones de sus fronteras), por lo cual denunció vigorosamente a la entonces URSS en las Naciones Unidas, decretó una “cuarentena” naval alrededor de Cuba y, finalmente, negoció la retirada de los emplazamientos de misiles que se estaban instalando en territorio de esta última a cambio de la retirada de los suyos en Turquía, vecina geográfica de los antiguos soviéticos (repúblicas socialistas de Georgia, Azerbaiyán y Armenia).

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Una precisión más: no se está desconociendo aquí el derecho del gobierno de Rusia a defender a sus connacionales (sobre todo sin son agredidos y amenazados en tierras extranjeras o en disputa), o a albergar legítimos temores respecto de que fuerzas militares hostiles pudiesen situarse en sus cercanías geográficas (en el entendido de que constituyen un potencial riesgo estratégico para su Estado y su gente), pero ante la contienda actual su gobierno ha ignorado una lección perenne del devenir: el que defiende su heredad frente a una incursión foránea combate con la moral en alto, hace un ejercicio de decoro y dignidad que resiste cualquier cuestionamiento previo, y siempre termina favorecido por el juicio supremo de la Historia.

No lo olvidemos, por favor, en esta hora trágica y triste para los ucranianos: su territorio, por ventura o desventura, no es ya hoy una simple frontera de civilizaciones, pues las potencias y las élites políticas del mundo lo asimilan y entienden no solo como una guardarraya de los bloques sino como una presea dorada para sus exhibiciones de poder y control geopolítico, y su nación está siendo usada como carne de cañón: cobardes, concupiscentes y sibaritas como son, esas élites no se atreven a enfrentarse ellas mismas en una contienda bélica, y escogen a Estados y países satélites para hacerlos escenarios de la proyección de sus discrepancias y luchas de intereses e impedir que éstas lleguen directamente a sus hábitats o zonas de confort.

Lloro por ti, Ucrania. Lloro por tus inocentes niños hoy seguramente ateridos y desorientados ante los estruendos, los incendios, la sangre, las muertes y la destrucción. Lloro por tus hermosas e inteligentes mujeres que deben sentirse aturdidas e indignadas por la obligada ausencia de sus amados (padres, hermanos, novios o esposos) y la destrucción de sus familias y sus hogares. Lloro por tus valientes hombres (jóvenes, adultos o de la tercera edad) que están siendo obligados a abandonar sus empleos, sus tierras de labranza, sus sueños de progreso y sus amores más acendrados en aras de la defensa de la patria y, para esto, matar con siniestro constreñimiento a sus congéneres rusos. Lloro por ti, Ucrania, y me uno a los ruegos y clamores de la humanidad pacífica para que termine esa guerra insensata y criminosa.

Es momento de repudiar la guerra y promover un entendimiento (no de azuzar la confrontación), y por ello es urgente y mandatorio que los que apostamos por un mundo en el que prevalezcan la libertad, el respeto al derecho ajeno, el bienestar, la solidaridad y la paz nos unamos para respaldar al Papa Francisco, quien (sin detenerse en la consideración de las motivaciones de la contienda, en las alegaciones de las partes o en los agrupamientos internacionales) ha hecho una dramática y profundamente humanística apelación que resumió con estas enérgicas palabras: “En el nombre de Dios, les pido: ¡detengan esta matanza!”.

Por Luis Decamps

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