NUEVA YORK.- En la República Dominicana, los períodos de campaña electoral constituyen uno de los momentos de mayor efervescencia política y social. Durante este tiempo, los candidatos despliegan discursos cargados de esperanza, transformación y compromiso, apelando a las necesidades más sensibles de la población. Sin embargo, una vez alcanzado el poder, el comportamiento de muchos de estos actores evidencia una marcada distancia entre lo prometido y lo ejecutado. Este fenómeno recurrente ha configurado un patrón político donde la retórica electoral se convierte en un instrumento de seducción colectiva más que en un programa real de gobierno.
Este artículo examina de manera crítica esa dualidad entre discurso y acción, explicando los temas más frecuentes de las campañas dominicanas, así como las prácticas gubernamentales que suelen contradecir esas promesas iniciales.
El discurso electoral dominicano: entre la emoción y la estrategia
Durante una campaña electoral en el país, los políticos dominicanos construyen mensajes cuidadosamente diseñados para conectar emocionalmente con votantes diversos. Estos discursos se sustentan en temas recurrentes que apelan tanto a las necesidades materiales como a la aspiración social del electorado.
La promesa del cambio absoluto
Es habitual escuchar frases como “vamos a transformar la nación” o “seremos un gobierno diferente”. Estas declaraciones buscan despertar la percepción de ruptura con las gestiones anteriores y generar la sensación de que un nuevo ciclo político traerá solución inmediata a problemas estructurales.
El compromiso social como bandera
Los políticos prometen bajar el costo de la vida, mejorar los salarios, eliminar el desempleo juvenil y fortalecer sectores estratégicos como salud, educación y seguridad ciudadana. Aunque estos temas son legítimos y necesarios, suelen presentarse sin un sustento técnico o un plan operacional realista.
La lucha contra la corrupción como recurso discursivo
La promesa de transparencia, auditorías, sanciones ejemplares y eficiencia estatal es quizá uno de los ejes más repetidos. En cada campaña se plantea un renacimiento ético que rara vez llega a materializarse. Este discurso, aunque popular, termina convirtiéndose en un recurso retórico sin anclaje institucional.
El simbolismo de la cercanía con el pueblo
Durante la campaña, los candidatos recorren barrios, visitan comunidades rurales, abrazan familias humildes y se presentan como figuras accesibles. Este gesto, aunque valioso en teoría, suele desaparecer tan pronto la persona asume la investidura del poder.
La realidad del ejercicio gubernamental: una desconexión evidente
Cuando el candidato triunfa y se convierte en gobernante, emerge con frecuencia un comportamiento radicalmente distinto al que proyectó en campaña. Las prácticas de poder revelan prioridades, estilos de gestión y lealtades que contradicen abiertamente la retórica electoral.
El alejamiento inmediato de la ciudadanía
Muchos funcionarios reducen o eliminan el contacto directo con los sectores populares que antes visitaban. La agenda presidencial o institucional se vuelve hermética, filtrada y controlada por círculos cercanos, lo cual crea una barrera entre el poder y la gente.
El incumplimiento sistemático de las promesas centrales
Propuestas que eran “urgentes” durante la campaña se diluyen en la gestión. La reducción de la canasta básica, la creación masiva de empleos, los aumentos salariales o las mejoras sustanciales en servicios públicos quedan relegados a comunicados vagos o planes pospuestos indefinidamente.
El clientelismo como instrumento de control político
La práctica de asignar cargos públicos, contratos y beneficios a favor de grupos aliados, familiares o dirigentes partidarios continúa siendo un patrón profundamente arraigado. Este comportamiento reproduce inequidades, limita la institucionalidad y debilita la meritocracia.
La tolerancia a la corrupción interna
Aunque el discurso de campaña promete “caiga quien caiga”, en la práctica la voluntad política para sancionar a funcionarios cercanos suele ser limitada. En muchos casos, las investigaciones se reducen, se paralizan o se convierten en simples mecanismos de apariencia institucional.
La continuidad de las viejas prácticas gubernamentales
El exceso de propaganda estatal, el uso discrecional de fondos públicos, la improvisación administrativa y la falta de planificación estratégica forman parte de un sistema político que privilegia la supervivencia partidaria por encima del fortalecimiento institucional.
Causas estructurales de la brecha entre discurso y acción
Este comportamiento no es producto del azar, sino de un conjunto de factores que moldean la cultura política dominicana:
1. Débil institucionalidad
Las instituciones carecen frecuentemente de la autonomía y el rigor necesarios para exigir el cumplimiento de promesas o castigar su incumplimiento.
2. Cultura política centrada en la simpatía personal
El liderazgo se basa más en carisma y conexiones que en competencias técnicas o programas reales de desarrollo.
3. Falta de fiscalización ciudadana sostenida
La participación cívica se intensifica durante la campaña, pero disminuye una vez concluye el proceso electoral, reduciendo la presión social sobre los gobernantes.
4. Influencia de grupos económicos y partidarios
El poder se utiliza en ocasiones para responder a compromisos adquiridos con sectores financieros, empresariales o internos del partido que financiaron la campaña.
La distancia entre el discurso de campaña y la práctica de gobierno constituye uno de los mayores desafíos de la democracia dominicana. Mientras los políticos prometen transformación, transparencia y proximidad, sus acciones una vez en el poder suelen reproducir patrones históricos de clientelismo, improvisación y distanciamiento ciudadano.
Superar esta brecha implica fortalecer las instituciones, exigir mayor profesionalización política, promover la rendición de cuentas y consolidar una ciudadanía más vigilante y crítica. Solo mediante estos cambios será posible avanzar hacia un ejercicio de poder coherente, responsable y verdaderamente comprometido con el bienestar colectivo.
Por José Alejandro Montesino



