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El precio del desencanto y Alofoke: ¿por qué la mitad de RD le dio la espalda a las urnas?

La democracia dominicana sufre una alarmante hemorragia de legitimidad. El divorcio entre la clase política y la ciudadanía ya no es una simple percepción de cafetería o un rumor público; es una realidad estadística contundente.

En los procesos electorales de 2024, la abstención electoral escaló de forma dramática, superando el 45% en los comicios presidenciales y alcanzando un histórico 53% en las municipales. Casi la mitad del país con derecho a voto prefirió quedarse en casa. Este silencio masivo no es un acto de pereza, sino un rugido de indignación y un voto de castigo pasivo contra un sistema que muchos perciben que les ha fallado de manera sistemática.

La mala fama de los políticos dominicanos no es gratuita. Es el resultado directo de una acumulación histórica que hemos vivido desde el 1996 hasta la fecha, con promesas incumplidas, impunidad rampante y un modelo de gestión que prioriza los privilegios de las élites partidarias por encima del bienestar colectivo. La sociedad observa con profunda frustración un ciclo repetitivo donde cambian las caras en el poder, pero los problemas estructurales permanecen intactos, unos tras otros gobiernan y todo sigue mal.

En primer lugar, la corrupción y la impunidad han erosionado la confianza básica en las instituciones a la cual se ha sumado el narcotráfico. Durante décadas, el desvío de fondos públicos destinados a infraestructuras críticas sirvió para inflar fortunas personales o financiar campañas electorales ilícitas con la complicidad política.

Esta malversación de recursos se traduce directamente en la deficiencia crónica de los servicios básicos. Es inadmisible que, a pesar de inversiones millonarias prometidas por cada partido que pisa el Palacio Nacional, la crisis eléctrica continúe castigando a los hogares con apagones y tarifas elevadas. De igual forma, el sistema de salud pública padece la escasez constante de insumos médicos básicos, camillas y personal. Incluso la educación, que desde hace más de una década cuenta con el histórico 4% del PIB, no ha logrado despegar en calidad; a pesar de avances recientes en la reducción del analfabetismo, el país sigue anclado en los puestos más bajos de las pruebas internacionales de aprendizaje.

La brecha social agudiza este desencanto. Mientras la economía nacional muestra cifras macroeconómicas de crecimiento, los salarios de la clase trabajadora y de la golpeada clase media permanecen estancados. La inflación en la canasta básica y el costo de la vivienda asfixian al ciudadano común, quien contempla con indignación cómo los legisladores mantienen beneficios irritantes como los polémicos fondos del «cofrecito» y el «barrilito». El diseño de las políticas públicas parece atender únicamente a los extremos: subsidios asistencialistas para los más vulnerables (utilizados muchas veces como mecanismos de control político y clientelismo electoral), y exenciones fiscales para los sectores de mayor poder económico.

Las políticas públicas parecen diseñadas para dos clases sociales: los más pobres y los más ricos. En medio de ambas, silenciosa, exhausta y sin representación real, se encuentra la clase media: ese sector que sostiene la economía, paga impuestos, cumple las reglas y, aun así, no recibe nada a cambio. Es, quizás, el grupo más olvidado en la ecuación del desarrollo nacional. Al pobre se le asiste con bonos, programas sociales y subsidios que, en teoría, deberían servir como trampolín para salir de la pobreza. Sin embargo, en la práctica, se han convertido en mecanismos de control político-electoral. No son instrumentos de movilidad social, sino de clientelismo.

A esto se suma el oportunismo de un Estado que premia la lealtad partidaria sobre el mérito profesional a la hora de otorgar empleos públicos, y la flagrante falta de seguridad ciudadana. Los sucesivos planes de reforma policial anunciados con bombos y platillos por diferentes administraciones han fracasado en frenar el miedo al crimen callejero y la delincuencia que azota los barrios dominicanos.

Los analistas políticos y sociólogos atribuyen este fenómeno de «fatiga democrática» a tres factores psicológicos y sociales principales: 1. El sentimiento de que «nada va a cambiar”; 2. La percepción de un resultado predecible; y 3. El voto de castigo pasivo. A diferencia de otros países donde el descontento se expresa votando de forma masiva por partidos radicales o nuevos, en la cultura política dominicana la frustración suele canalizarse a través de la apatía silenciosa. El ciudadano manifiesta su rechazo y retira su legitimidad al sistema simplemente dándole la espalda a las urnas.

Bajo este panorama de «fatiga democrática», el alarmante desplome de la participación electoral adquiere total sentido. El ciudadano dominicano ha concluido que ir a votar por las opciones tradicionales es validar su propio estancamiento. Este escenario encuentran un eco inmediato en una juventud desconectada de las ideologías y en un electorado harto que busca un canal de protesta.

ALOFOKE, sin dudas es una posibilidad real pero extremadamente compleja, ya que Santiago Matías posee las herramientas ideales para capitalizar el descontento, aunque enfrenta barreras estructurales gigantescas en el sistema electoral dominicano.

El anuncio de sus aspiraciones presidenciales coincide precisamente con este escenario de fatiga democrática. En la política moderna, este contexto es el «caldo de cultivo» perfecto para figuras como él, que son externas al sistema tradicional (outsiders), por lo siguientes factores a favor:

a) Capitalización de la apatía: El principal activo de Alofoke no son los votantes activos de los partidos tradicionales, sino ese 45% de dominicanos que no vota o que se siente traicionado por el sistema tradicional. Su discurso «anti-sistema» puede conectar con quienes buscan castigar a los políticos de siempre;

b) Plataforma de comunicación masiva: A diferencia de un candidato común que requiere gastar miles de millones de pesos en publicidad, él posee el monopolio de la atención digital en el país. Puede movilizar, imponer narrativas y hacer campaña diaria de forma gratuita y orgánica desde sus plataformas;

c) Conexión con el voto joven: La juventud dominicana, la más desconectada de las ideologías partidistas tradicionales, se identifica con su historia de superación y su lenguaje directo;

d) Estructuras interesadas en su figura: El Partido Reformista Social Cristiano (PRSC), es sumamente atractivo para esos propósitos, por su posicionamiento en la boleta electoral y sobre todo porque ya que han dejado la puerta abierta a postularlo, lo que le daría el aval legal necesario.

Para estos propósitos Santiago Matías deberá superar los siguientes factores:

La maquinaria y el clientelismo: Las elecciones dominicanas se definen históricamente por estructuras y aparatos partidarios masivos (maquinarias electorales con delegados en cada mesa, transporte de votantes y logística de campo). Mover millones de me gusta (likes) y transformarlos en votos físicos reales el día de las elecciones es el desafío más difícil para cualquier figura de internet.

Rechazo de las clases media-alta y conservadora: Un amplio sector de la sociedad civil, empresarial y religiosa del país muestra una fuerte resistencia hacia su figura por los contenidos que promueve su plataforma, vinculándolo a la pérdida de valores o a la falta de preparación formal para dirigir el Estado.

Falta de propuestas técnicas: Aunque su proyecto político rumbo a las elecciones se plantea inicialmente bajo banderas de denuncia ciudadana y soluciones alternativas, gobernar requiere convencer al electorado de que se tiene la capacidad técnica de manejar crisis complejas (la economía, la salud, la delincuencia y las relaciones internacionales).

Bajo el contexto de abstención actual, Alofoke tiene el potencial de sacudir por completo el tablero político dominicano y convertirse en un fenómeno electoral de peso. No obstante, pasar de ser una fuerza de choque que divide los votos a ganar la presidencia en una segunda vuelta dependerá de su capacidad para construir una estructura física real en las calles y convencer a los votantes moderados de que es una opción de gobierno viable, y no solo un voto de protesta.

El peligro de ignorar los motivos de esta abstención cercana al 50% es inmenso. Cuando la mitad de la población se desentiende de las urnas, las autoridades electas terminan gobernando con el respaldo de una minoría real del padrón, debilitando la representatividad y la estabilidad democrática del país. La clase política dominicana debe entender que la apatía actual no es un cheque en blanco para seguir actuando igual; es la última advertencia de un pueblo que se cansó de ser el espectador de los privilegios de sus gobernantes.

Por último, me remito a un concepto expuesto por el buen amigo Danilo Ginebra, el cual cito a continuación: “Toda construcción basada en marketing genera una interrogante, ¿hasta dónde llega la fuerza de la percepción y donde comienza la prueba de la realidad?»

Por Ramón Félix Madera

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