Los arquitectos Fernando Ottenwalder y Luis Omar Rancier, durante entrevistas concedidas a Onorio Montás para el programa Revista Dominical Dejando Huellas, transmitido por Quisqueya FM, reflexionaron sobre las transformaciones que experimentan la Zona Colonial, Cascué, Ciudad Nueva y otros sectores históricos de Santo Domingo.
Ambos coincidieron en que el crecimiento inmobiliario y el desarrollo turístico deben estar acompañados de una planificación que preserve el patrimonio urbano y garantice la permanencia de las comunidades que han dado identidad a esos espacios.
Para Luis Omar Rancier, decano de la Facultad de Arquitectura y Artes de la Universidad Nacional Pedro Henríquez Ureña (UNPHU), docente de la UASD, UNIBE y la propia UNPHU, el fenómeno que mejor explica esta realidad es la gentrificación, entendida como el proceso mediante el cual los habitantes tradicionales son desplazados por nuevos residentes o inversionistas con mayor capacidad económica. El articulista y escritor especializado en arquitectura y urbanismo explicó también que este cambio suele producirse en barrios con un alto valor histórico, arquitectónico o cultural, donde las viviendas dejan de responder a las necesidades de quienes las habitan para convertirse en activos destinados al mercado inmobiliario, el turismo o el alquiler temporal.
Sin embargo, Rancier considera que el impacto social del fenómeno trasciende el concepto de gentrificación y propone entenderlo también como una forma de defenestración. Aunque el término se utiliza para describir la expulsión violenta de una persona o, en el ámbito político, la destitución abrupta de un funcionario, entiende que en la ciudad adquiere un significado igualmente contundente: los habitantes tradicionales son desplazados de manera progresiva mediante mecanismos económicos, administrativos y urbanísticos que terminan haciendo inviable su permanencia en los barrios donde construyeron su historia.
Esa reflexión encuentra un ejemplo concreto en Gascue. Fernando Ottenwalder, arquitecto y estudioso del desarrollo urbano de Santo Domingo, recordó que dedicó su tesis de grado al estudio de ese sector en 1975, cuando aún representaba uno de los mejores ejemplos del modelo de ciudad jardín concebido para la capital. Calles arboladas, viviendas unifamiliares y espacios pensados para la convivencia caracterizaban un entorno cuya planificación privilegiaba la calidad de vida. Hoy, considera que esa visión ha sido sustituida por una intensa presión inmobiliaria que modifica la vocación residencial del sector y altera el equilibrio para el cual fue diseñado.
Esa transformación no solo cambia el paisaje urbano, sino también la composición social de los barrios. Ambos arquitectos coincidieron en que viviendas donde durante décadas residieron familias dominicanas son adquiridas para desarrollar apartamentos, hoteles boutique o establecimientos orientados al turismo, provocando que las comunidades desaparezcan sin necesidad de desalojos forzosos. Las edificaciones permanecen, pero quienes daban vida a esos espacios terminan marchándose por el incremento del valor del suelo, el costo de la vivienda y la pérdida gradual de las condiciones que hacían posible permanecer allí. Criticó la falta de ética profesional de muchos arquitectos y urbanistas que que se dejan corromper y abandonar sus principios profesionales por los inversionistas y el llamado desarrollo como sucedió con el Hotel Frances, declarado ¨Patrimonio de la Humanidad¨ por la UNESCO sin ninguna consecuencia por su derrumbe.
El problema, sostienen, se agrava por el incumplimiento de las normas de planificación urbana. Rancier recordó que la República Dominicana dispone de regulaciones sobre ordenamiento territorial desde la década de 1940, pero lamentó que con frecuencia sean flexibilizadas bajo el argumento de promover el desarrollo económico. Como ejemplo, mencionó proyectos donde edificaciones concebidas para un número determinado de niveles terminaron aprobándose con alturas muy superiores a las previstas por la normativa.
Ottenwalder compartió esa preocupación al señalar que Gascue ha experimentado un crecimiento que desconoce las características originales del sector. A su juicio, la construcción de torres en áreas concebidas para viviendas unifamiliares incrementa la presión sobre la infraestructura, el tránsito y los servicios públicos, al tiempo que reduce los espacios verdes y debilita la calidad de vida de sus residentes.
Las reflexiones también alcanzaron los programas de recuperación de la Zona Colonial. Rancier reconoció la importancia de preservar el patrimonio construido, pero cuestionó que las comunidades hayan tenido una participación limitada en las decisiones sobre el futuro del sector. Recordó que distintas consultorías realizadas durante los procesos de revitalización identificaban la permanencia y el bienestar de los residentes como una condición indispensable para garantizar el éxito de esas intervenciones, criterio que, a su entender, terminó subordinado a intereses económicos y turísticos.
En esa misma línea, Ottenwalder lamentó que la ciudad continúe arrastrando deficiencias históricas en materia de espacios públicos. Recordó que una de las principales conclusiones de su investigación sobre Gascue fue la ausencia de un gran parque urbano que fortaleciera la vida comunitaria, una necesidad que permanece sin respuesta y que evidencia la importancia de planificar la ciudad pensando primero en las personas y después en las edificaciones.
Más allá de sus enfoques particulares, ambos especialistas convergen en una misma reflexión: el desarrollo urbano no puede medirse únicamente por la cantidad de inversiones o nuevas construcciones. Una ciudad también se construye preservando su memoria, respetando sus normas, fortaleciendo la vida comunitaria y garantizando que el progreso no termine convirtiéndose en la expulsión silenciosa de quienes han dado identidad a sus barrios durante generaciones.



