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Matilde Lina

NUEVA YORK.- Su nombre real es Matilde Lina Negrete Soto, la musa inspiradora de un músico no vidente, que se convirtió en uno de los juglares mas finos y prolíficos del folclor colombiano. Ella es nativa del pueblito El Plan, La Jagua del Pilar en La Guajira,

Y fue al final de los años 60’s del siglo pasado -en las festividades de la Virgen del Carmen en Manaure- cuando se conocieron la musa y el cantor. El “flechazo” fue instantáneo, electrizante; y el corazón de este hombre, ya entrado en sus 40’s, retornó casi a la niñez y con todas las consecuencias.

“Herido de muerte por amor, el bardo le soltó los perros” de inmediato, o como se dice en Colombia: “le arrastró el ala”, cortejándola insistentemente con lo único que tenía de valor en ese momento, su gran capacidad de componer versos.

El disparo, talvez no fue intencional, pero penetró muy hondo en el alma del humilde cantante, nacido en Barrancas, La Guajira e hijo de un “animal vestido” como era Abel Rafael Duarte y la desdichada de María Ignacia Díaz, su madre. Claro, todo esto según la caracterización de la historia novelada que conocemos.

Resultó tan seductor el entusiasmo del compositor por Matilde, que logró hilvanar, sin tocarla ni verla en persona, una de las páginas mas románticas que registra el imaginario pueblerino de las vibrantes campiñas colombianas.

La culpable de los desvaríos amorosos del noble bate, que ya era un hombre hecho y derecho cuando Alfredo Gutiérrez grabó sus memorables versos por vez primera: “es elegante, todos la admiran y en su tierra tiene fama, cuando Matilde camina, hasta sonríe la sabana”

Leandro José Duarte Díaz o simplemente Leandro Díaz, ciego de nacimiento y sin dudas un soñador impenitente, convirtió en himno el amor platónico que sintió por la joven Negrete Soto; el cual nunca fue correspondido, debido a que ella estaba formal y/o ¿felizmente? casada. De no haber sido así, probablemente la historia habría tomado otro rumbo.

Aunque algunas fuentes de información sugieren que hubo una relación íntima entre ellos, el tiempo sirvió para demostrar que su condición de dama honorable nunca estuvo en juego.

“Si ven que un hombre llega a la Jagua, coge camino y se va pa’ El Plan, está pendiente que en la sabana, vive una hembra muy popular”, así rezan los versos de este melodioso canto que solo un ciego como Leandro podía concebir.

Es que Leandro veía con los ojos del corazón, según la opinión de los que tuvieron la suerte de apreciar de cerca y en vida, su fina sensibilidad y la imbatible sutileza de su poesía.

Como no soy hombre de entender estas cosas del alma, recurrí a dos amantes del vallenato: Loida, mi Loca favorita y Tomás Castillo, un amigo y muy experimentado conocedor de la historia del pegajoso ritmo colombiano, que por demás, está reconocido como Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO.

Tomás, es un apasionado agrónomo cibaeño, que vive enamorado del campo y las tradiciones que crecen y se cultivan en las llanuras latinoamericanas, en especial las del Caribe y sus islas.

Según Tomás, las tres mejores canciones en ritmo vallenato son: Matilde Lina, La Gota Fría y La Tierra del Olvido; pero Loida, mi báciga, piensa que debe cambiarse La Tierra del Olvido por El Cantor de Fonseca, porque según ella Carlos Huertas es superior a Carlos Vives en inspiración, aunque Vives puede que sea mas cantante.

De pronto, Loida puso la discusión en un nuevo escenario y yo que soy el menos fanático de los tres, siento que puedo entrar en la conversación aunque, con algo de cuidado porque los otros dos -Loida y Tomás- conocen y siguen el Vallenato con pasión desbordada.

En ese tenor, lo que quiero agregar al debate es la significación que pudiera tener “Jando” Díaz como compositor, a la luz de los versos que nos brinda en este gran poema que sin duda es Matilde Lina y que ustedes dos colocan en el escalafón #1 de los vallenatos que mas gustan a los rumberos dominicanos.

“Este paseo es de Leandro Díaz, pero parece de Emilianito, tiene los versos muy chiquiticos y bajiticos de melodía”.

Está claro que Leandro Díaz reconoce que no está solo en el ruedo y que hay compositores como Emiliano Zuleta, “El Gago de Oro”, mucho mas joven que Leandro, hermano de Poncho Zuleta, “Garganta e’ lata”, como le llamaba El Gabo García Márquez y ambos son hijos del “barraco” del vallenato Emiliano Zuleta, otro juglar de pepunte.

Loida no quiere hablar mucho ni discutir, porque cree que hay muchos versadores con mas rango que Emilianito. “Leandro lo menciona porque es mas joven que él, pero ahí están: Diomedes Díaz, (Bonita, A mi Papá y Mi Primera Cana); Rafael Manjarrez (Señora y Ausencia Sentimental) y Omar Gélez (Los caminos de la vida y Tarde lo conocí). Esos si son tres barracos de verdad del vallenato, remacha mi Loca.

Tomás interviene tratando de imponer su rango y dice: “si estamos hablando de barracos, yo les voy a mentar un par de jabalíes de verdad”. La lista la encabeza Rafael Escalona (La casa en el aire y La historia); Calixto Ochoa (Los sabanales, La plata, Todo es para ti y El africano); Hernando Marín (La ley del embudo, El Invencible y Canta conmigo) y Romualdo Brito (El santo cachón, Mis viejos tiempos y Esposa mía)

De nuevo arremete Tomás con su razonar agreste, tal vez punzante, pero definitivamente consiente, y mi Loca lo secunda, aunque con ciertas reservas. Recuerden ustedes que Tomás es un hombre de campo con sólida formación, es un agrónomo; y Loida es de Villa Con, serie palito, Duarte subiendo. Además es hija de Ramón Robles (Constelación), el As de la Vira.

“Un mediodía que estuve pensando, en la mujer que me hacía soñar, las aguas claras del Río Tocaimo, me dieron fuerzas para cantar. Llegó de pronto a mi pensamiento esa bella melodía, y como nada tenía, la aproveché en el momento”

Con esta estrofa, pienso que Leandro abotona la armonía, acompasando la pasión que le despertaba Matilde Lina con el amor profundo que le profesaba a los verdes y siempre galopantes prados de las llanuras colombianas y a sus vigorosos ríos.

Loida le quita el micrófono a cualquiera, especialmente si cree que tiene la razón: “¿Y es verdad que ustedes piensan que esos son todos los buenos escritores que tiene el vallenato, dejando afuera a Adolfo Pacheco, a Marciano Martínez, al guajiro Carlos Amariz, a Roberto Calderón y a Hernán Urbina?

A seguidas Tomás agrega, abrochando lo que dice Loida: “Hay que precisar aquí, si no queremos quedar como disparatosos, que deben separarse los guajiros de los cachacos, los acordeoneros de los cajeros y de los cantantes; los que son genios de la melodía, de los componedores de historias campesinas, que a veces lucen como verdaderos filósofos”.

Personalmente disfruté de este paseo por Colombia acompañado de estos dos amigos, contradictorios pero acompasados y por eso lo comparto con ustedes.

Pero me quedan dos pequeños asuntitos por esclarecer:
(1) ¿Cómo pudo Leandro enamorarse tan perdidamente de Matilde sin verla, será verdad que olía los colores? Yo no entiendo eso; y

(2) Cuando se habla de vallenato, hay que poner las cosas en su lugar. Puede que se le quede algún compositor y también que no se miente algún clásico, pero definitivamente, la lista está incompleta sin Juan Polo Valencia y su canción Alicia Adorada y sin El amor Amor, de autor desconocido

“Este sentimiento se hizo más grande, que palpitaba mi corazón, el bello canto de los turpiales me acompañaba en esta canción, canción del alma, canción querida que para mí fue sublime, al recordarte Matilde, sentí temor por mi vida”

POR ROLANDO ROBLES

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